OpenAI ha vuelto a mover ficha. Y lo ha hecho a lo grande: un acuerdo con Amazon Web Services (AWS) valorado en 38.000 millones de dólares durante los próximos siete años. Tras meses de rumores y negociaciones silenciosas, la empresa detrás de ChatGPT inicia una nueva etapa. Una en la que la inteligencia artificial ya no está atada a un solo gigante, sino que busca su propio poder.
Un cambio de paradigma en la nube

Desde 2019, Microsoft era el socio exclusivo de OpenAI. La relación era tan estrecha que la startup solo podía contratar capacidad de cómputo con la aprobación de los de Redmond. A cambio, Microsoft invertía miles de millones en su desarrollo e integraba sus modelos en Azure, Bing y Office. Pero esa dependencia tenía un límite.
La semana pasada ambas compañías renegociaron los términos: Microsoft pierde su exclusividad, y OpenAI gana libertad. La primera consecuencia ha llegado en cuestión de días: AWS será su nuevo gran proveedor de infraestructura, con un contrato que incluye cientos de miles de GPUs de Nvidia instaladas en Estados Unidos.
“Es capacidad completamente separada que estamos instalando”, explicó Dave Brown, vicepresidente de machine learning en Amazon. “Parte de esa capacidad ya está disponible y OpenAI la está utilizando”.
El músculo detrás de la inteligencia artificial
La nueva alianza permitirá a OpenAI ejecutar operaciones a escala global, utilizando la enorme red de centros de datos de Amazon. En una primera fase, el trabajo se realizará sobre infraestructura ya existente; después, AWS construirá nuevas instalaciones dedicadas exclusivamente a OpenAI, una inversión que se extenderá durante varios años.
El acuerdo llega en pleno auge del gasto en infraestructura de IA. En las últimas semanas, OpenAI ha cerrado acuerdos por más de 1,4 billones de dólares con compañías como Nvidia, Broadcom, Oracle o Google. Además, prepara proyectos con SoftBank y los Emiratos Árabes Unidos para construir centros de datos y expandir su red de cómputo.
La relación con Microsoft no desaparece: OpenAI mantiene un compromiso de 250.000 millones de dólares adicionales en servicios de Azure, pero ahora podrá decidir cómo y con quién equilibra su infraestructura.
Amazon, la nueva pieza del tablero
Para Amazon, el movimiento tiene doble valor estratégico. No solo incorpora a OpenAI como cliente directo de AWS, sino que se coloca en el centro de una carrera por el control de la inteligencia artificial que enfrenta a todos los gigantes tecnológicos.
La compañía de Jeff Bezos ya tenía fuertes vínculos con Anthropic, rival directo de OpenAI, en la que ha invertido miles de millones. Sin embargo, AWS parece dispuesta a jugar en ambos bandos: acoger tanto a los creadores de ChatGPT como a sus competidores. Tras conocerse la noticia, las acciones de Amazon subieron un 5 % en el Nasdaq.
La jugada consolida a Amazon como un pilar esencial del nuevo ecosistema de IA, un negocio en el que la infraestructura vale tanto como los algoritmos.
El precio de la independencia

El movimiento también tiene una lectura más profunda. OpenAI, que ya genera miles de millones en ingresos, aún no es rentable. Su modelo económico depende del acceso constante a recursos de cómputo, y eso exige inversiones descomunales.
Sam Altman lo reconoció hace poco: una salida a bolsa (OPV) es “el camino más probable” para asegurar el capital necesario. La reciente reestructuración corporativa y la diversificación de proveedores son, en ese sentido, pasos calculados hacia ese objetivo.
Pero no todos ven el futuro tan despejado. Analistas advierten de una “burbuja de la IA”, impulsada por expectativas infladas y gasto sin precedentes. Amazon, Google, Meta y Microsoft destinaron más de 360.000 millones de dólares en inversiones de capital el último año. Y aunque los ingresos crecen, la rentabilidad real aún es esquiva.
El poder ya no está en una sola mano
Con este acuerdo, OpenAI deja atrás la era de dependencia tecnológica y entra en un terreno más incierto pero también más libre. Microsoft ya no controla su infraestructura. Amazon gana un cliente histórico. Y el mercado entiende el mensaje: en la nueva guerra de la inteligencia artificial, nadie manda por completo.
En algún punto del futuro cercano, la pregunta dejará de ser quién desarrolla los mejores modelos, para pasar a ser quién puede sostenerlos.