Frente a más de 45 mil personas y a estadio pleno, Shakira inició su ya tradicional “caminata con la loba” para dar inicio a su show ante la euforia de los presentes a las 21:45 de la noche. Desde el iprincipio, el eje conceptual quedó claro: una artista que ya no trabaja desde la herida sino desde la reconfiguración. El recorrido fue amplio y ordenado. Estoy Aquí, Ojos Así, Inevitable, Antología y Día de Enero dialogaron con piezas de su etapa global como Hips Don’t Lie, La Tortura, Waka Waka y La Bicicleta, hasta desembocar en su presente inmediato con TQG, Te Felicito, Monotonía y la omnipresente BZRP Music Session #53. Cada bloque construyó una identidad distinta dentro de una misma narrativa evolutiva, sin convertir ninguna etapa en postal de museo.
El uso del cuerpo sigue siendo un eje central de su lenguaje artístico. La danza de cuchillos antes de Suerte volvió a confirmar ese cruce entre herencia árabe, pop y teatralidad que definió su estética desde los años noventa. Hubo versiones reversionadas —como el Chantaje en clave salsa— que evitaron la repetición mecánica y sumaron nuevas capas rítmicas. El despliegue coreográfico sostuvo una dinámica constante sin convertir al show en una sucesión automática de hits.
Uno de los momentos más significativos llegó con Día Especial, la canción que Shakira compuso junto a Gustavo Cerati. Las imágenes del músico en las pantallas activaron uno de los momentos más intensos de la noche. El homenaje funcionó desde la memoria compartida, desde lo que todavía vibra cuando una canción vuelve a sonar en el lugar correcto: “para un gran amigo”, dijo la colombiana ante la ovación del público.
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El segundo show sumó dos gestos inéditos dentro de esta etapa de la gira. Shakira subió a sus hijos al escenario para interpretar juntos, una de las canciones más íntimas del repertorio reciente Acróstico. El gesto desplazó el foco del estadio hacia una escena familiar, en uno de los momentos más tiernos de la noche, donde vimos a La Loba en todo su esplendor cuidar de su manada. Más tarde, durante La Pared, fue acompañada por la Orquesta Estable del Teatro Colón, en un cruce poco habitual entre pop de estadio y tradición académica que funcionó con una potencia inesperada.
La producción estuvo alineada con los estándares de una gira global: pantallas en 8K, visuales de alta definición, cambios de vestuario permanentes, músicos en vivo, cuerpo de baile ajustado y una ingeniería de sonido que sostuvo el pulso durante casi dos horas. Pero el verdadero motor estuvo debajo del escenario: una multitud intergeneracional, con fans que excavan en los noventa y otros que llegaron por el algoritmo, cantando a la par sin jerarquías.
El público participó activamente del relato. Pancartas, coreografías ensayadas, banderas, vestuarios y un canto masivo constante le dieron al recital una textura de ritual contemporáneo más que de espectáculo unilateral. En ese ida y vuelta se sostuvo gran parte de la potencia de la noche.
Shakira hoy ocupa un lugar particular dentro del pop latino. No es una figura detenida en su época de oro ni una artista empujada únicamente por el presente. Su lugar se construye en la tensión entre ambos espacios: revisa su archivo, lo reorganiza y lo cruza con una actualidad marcada por la exposición, el desgaste emocional, la reconstrucción y la relectura pública de lo íntimo. En Vélez hubo una artista administrando su propia narrativa con claridad.
Después de Loba, la canción que marcó su identidad en los últimos años, el final del show quedó atravesado por el presente más reciente de su carrera. Antes de encarar la BZRP Music Session #53, Shakira se dirigió al público con una frase que sintetiza el espíritu de esta etapa: “Este último año me enseñó que de las caídas también se sale bailando”, dijo, antes de que explotaran los primeros beats del tema. El cierre fue la ceremonia visual a la que ya nos tiene acostumbrada la colombiana con los “shaki-dólares” volando sobre el campo.
“Gracias por esperarme, gracias por acompañarme otra vez. Lo que yo tengo con Argentina es una historia de amor que no se termina”, y así despedimos a La Loba en la recta final de su gira, por algo eligió Buenos Aires para cerrar el “Las Mujeres ya no lloran, World Tour”
