La imagen del bitcoin industrial siempre estuvo asociada a naves interminables llenas de máquinas rugiendo en la oscuridad, consumiendo megavatios de energía para resolver un rompecabezas criptográfico. Pero ese paisaje está mutando. La minería, una industria que se expandió a golpe de reinversiones agresivas y hardware especializado, atraviesa su mayor crisis desde 2018.
Y en ese vacío ha emergido un nuevo actor dominante: la inteligencia artificial. Las mismas infraestructuras que se diseñaron para minar criptomonedas están siendo reconvertidas en centros neurálgicos para entrenar modelos de IA a escala masiva.
La metamorfosis de un sector que ya no puede sostenerse a sí mismo

En el 2024, la escena era muy distinta. En Corsicana, Texas, una instalación de Riot Platforms se presentaba como la futura mina de bitcoins más grande del planeta. Cientos de metros de estructuras, cables, naves modulares y un ejército de excavadoras marcaban el ritmo febril de una industria convencida de que el crecimiento del bitcoin la acompañaría siempre. Un año y medio más tarde, gran parte de ese complejo ya no está destinado a minar: está siendo preparado para alojar inteligencia artificial y cargas de computación de alto rendimiento. La transformación no es anecdótica. Es un síntoma de un cambio nacional.
En los últimos al menos 18 meses, al menos ocho compañías cotizadas —Bitfarms, Core Scientific, Riot, IREN, TeraWulf, CleanSpark, Bit Digital, MARA Holdings y Cipher Mining— han anunciado planes para sustituir parte o la totalidad de su infraestructura de minería por servicios de IA. Algunas lo hacen de forma gradual; otras, como Bitfarms, aspiran a reconvertirse por completo antes de 2027. Todas coinciden en la misma conclusión: con el bitcoin actual, es imposible justificar nuevas inversiones multimillonarias.
El colapso económico de la minería: demasiado coste, demasiada competencia
La minería industrial está atrapada en un triángulo que se cierra por todos lados. Por un lado, el halving redujo a la mitad la recompensa por bloque, que ahora apenas alcanza los 3,125 bitcoins. Por otro, la dificultad de la red se ha disparado a niveles nunca vistos, fruto de años de mejoras en hardware y de la entrada de gigantes corporativos. Y por si fuera poco, el precio del bitcoin cayó un 30% desde su máximo de 2025, reduciendo aún más los márgenes.
Todo esto ha dejado a la mayoría de las empresas en una situación límite. A mediados de noviembre, solo una fracción de los grandes mineros públicos seguían siendo rentables al precio actual del bitcoin, según datos de CoinShares. En palabras de Charles Chong, exestratega de Foundry: “Si compro una máquina minera hoy, no sé si recuperaré el dinero”. La incertidumbre no es tecnológica: es económica.
Frente a esa tormenta perfecta, la IA se ha convertido en un refugio inesperado. Los hiperescaladores pagan contratos plurianuales, los márgenes son previsibles y la demanda global no deja de crecer. De la noche a la mañana, las infraestructuras diseñadas para procesar hashes se han vuelto extremadamente valiosas para procesar redes neuronales.
El gran giro: del ruido del ASIC al zumbido de las GPU
La transición no es solo conceptual. Las empresas están literalmente desmontando máquinas mineras para sustituirlas por racks de GPU. Meltem Demirors, del fondo Crucible Capital, lo explica con crudeza: “La minería de bitcoins creó el modelo del centro de datos moderno. Ahora solo están arrancando los mineros y dejando espacio para que sus nuevos inquilinos traigan las GPU”.
La frase captura un cambio profundo. Las megainstalaciones ya cuentan con suministro eléctrico reforzado, sistemas de refrigeración, estructuras de carga y capacidad de expansión. Precisamente lo que necesita la IA para multiplicar su huella territorial. El minero que agoniza por los márgenes se convierte, sin apenas transición, en proveedor privilegiado de la tecnología más demandada del mundo.
El mercado financiero ha tomado nota. Las acciones de mineras que anunciaron acuerdos de IA han duplicado su valor en poco tiempo. En total, se han firmado contratos por más de 43.000 millones de dólares para albergar cargas de trabajo de IA y HPC en antiguas granjas de bitcoin. Si la minería creó el músculo, la IA ahora reclama el cerebro.
No todos quieren abandonar la mina: el caso American Bitcoin
En medio de esta migración masiva, quedan actores que se resisten. American Bitcoin, liderada por Eric Trump, debutó en 2024 como una escisión de Hut 8 y decidió no pivotar hacia la IA. Su modelo es quirúrgico: no operan instalaciones, solo hardware especializado en minería. Gracias a tarifas energéticas competitivas y una estructura ligera, pueden extraer un bitcoin a un coste aproximado de 50.000 dólares. Su visión es clara: la disciplina y la eficiencia —no la reinvención— son su apuesta para sobrevivir a largo plazo.
Pero su postura no es la dominante. Fred Thiel, de MARA, reconoce que migrar hacia la IA implica exigencias totalmente diferentes: disponibilidad casi absoluta, energía estable y redundancias costosas que muchas granjas de bitcoin no estaban diseñadas para soportar. Aun así, en los últimos meses incluso empresas que parecían dedicadas en cuerpo y alma a la minería han firmado acuerdos con Amazon, Microsoft y Google para alojar cargas de entrenamiento de IA.
Un futuro incierto para Bitcoin: quién sostendrá la red

La reconversión puede ser una bendición para los accionistas, pero abre un interrogante para la red Bitcoin. Si demasiados operadores abandonan la minería, el ecosistema podría volverse más vulnerable a ataques del 51%, especialmente a medida que la recompensa por bloque continúa reduciéndose en cada halving. Por ahora, un ataque así sigue siendo prohibitivamente caro, pero nadie puede asegurar que la minería siga siendo económica dentro de una o dos décadas.
El futuro podría pasar por una concentración geográfica. Algunos expertos creen que la minería migrará hacia regiones con energía barata y abundante, como Paraguay, donde MARA planea una nueva instalación. Otros consideran que la minería será absorbida por estados soberanos —como Bután, El Salvador o incluso EE.UU.— interesados en proteger el valor estratégico de sus reservas de bitcoin. En ese escenario extremo, minar con pérdidas no sería una decisión empresarial, sino geopolítica.
De pioneros del bitcoin a obreros de la inteligencia artificial
El giro actual tiene una ironía profunda. Durante años, la minería de bitcoin fue criticada por su enorme consumo energético. Hoy, esa misma infraestructura, optimizada al límite, se ha convertido en el punto de partida para el auge de la IA. Lo que nació para sostener una red descentralizada ahora sostiene los modelos que definirán la próxima década tecnológica.
Los mineros que construyeron el esqueleto energético del bitcoin se están transformando en los operarios de una nueva fiebre del oro: la inteligencia artificial. Y si la tendencia continúa, el paisaje computacional del planeta cambiará para siempre, arrastrando consigo al propio bitcoin hacia un futuro que ya no depende de ASICs, sino de GPU.