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China guarda energía en tanques de aire líquido en pleno desierto

En el llamado “techo del mundo”, donde el desierto y la alta montaña dominan el paisaje, China ha levantado uno de los mayores complejos solares del planeta. Pero generar energía limpia es solo la mitad del desafío. El verdadero reto es almacenarla cuando el sol desaparece. Para lograrlo, el país ha optado por una solución tan abundante como invisible: el aire.

Un mar de paneles en el corazón de Qinghai

En la provincia china de Qinghai, en el límite entre la meseta tibetana y el desierto de Gobi, se extiende una instalación fotovoltaica de 610 kilómetros cuadrados, comparable en tamaño a una gran capital europea. Siete millones de paneles solares cubren el terreno, modificando incluso el microclima: la sombra reduce la evaporación y ha permitido que la vegetación y el pastoreo regresen a zonas antes áridas.

Sin embargo, como explica el investigador Wang Junjie, la energía solar es intermitente por naturaleza. Cuando cae la noche, la red necesita una fuente estable que mantenga el suministro.

El “Super Air Power Bank” del desierto

A las afueras de la ciudad de Golmud, una fila de enormes tanques blancos marca la respuesta a ese problema. Se trata del mayor sistema de almacenamiento de energía mediante aire líquido (LAES) del mundo, desarrollado por China Green Development Investment Group.

La planta tiene una potencia de 60 MW y puede liberar hasta 600.000 kWh por ciclo, suficiente para abastecer durante un día a decenas de miles de hogares. No es una batería química, sino una instalación termodinámica a escala industrial.

Por qué el aire compite con el litio

Las baterías de iones de litio dominan el almacenamiento energético, pero presentan límites cuando se trata de redes gigantes: alto coste, degradación con el uso y dependencia de materiales críticos. El aire, en cambio, es gratuito, abundante y no se degrada.

Cuando se enfría hasta estado líquido, su densidad aumenta unas 750 veces. Esto permite almacenar grandes cantidades de energía sin presas, sin minas y sin restricciones geográficas severas, una ventaja clave para regiones remotas como Qinghai.

La alquimia del frío: cómo funciona el sistema

El proceso se basa en tres fases:

Compresión y licuefacción
Durante el día, el excedente de una planta solar cercana de 250 MW alimenta compresores gigantes que enfrían el aire hasta –194 °C, convirtiéndolo en líquido.

Recuperación del calor
El calor generado en la compresión no se pierde: se almacena en tanques especiales para reutilizarlo más tarde.

Expansión y generación
Cuando la red necesita energía, el aire líquido se calienta. Al expandirse, mueve turbinas que vuelven a producir electricidad.

Este ciclo alcanza una eficiencia de almacenamiento en frío superior al 95% y una eficiencia “ida y vuelta” cercana al 55%, sin recurrir a materiales raros ni altamente contaminantes.

Un laboratorio energético en el techo del mundo

China no está sola en esta carrera. El Reino Unido planea una planta similar en Manchester y Corea del Sur avanza en proyectos piloto. Pero la escala china es difícil de igualar.

En Qinghai, la planificación centralizada integra energía solar, eólica e hidroeléctrica. A más de 3.000 metros de altitud, el aire frío mejora el rendimiento de los paneles, y la electricidad resultante ya es alrededor de un 40% más barata que la del carbón.

Del desierto al futuro energético global

Como señala el profesor Ningrong Liu, China aspira a pasar de ser la “fábrica del mundo” a su motor energético. El proyecto de Golmud simboliza una paradoja contemporánea: el mayor emisor de CO₂ es también quien despliega algunas de las soluciones más rápidas para abandonar el carbono.

En el silencio del Gobi, entre tanques criogénicos y paneles solares, China demuestra que el aire —invisible y omnipresente— puede convertirse en el pilar energético del siglo XXI.

Fuente: Xataka.

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