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¿Nos quieren robar la noche? Así pretende una startup devolvernos la luz solar desde el espacio con miles de espejos orbitales

La noche siempre fue considerada un límite infranqueable. El Sol caía, y con él desaparecía toda posibilidad de producir energía, cultivar o avanzar. Ahora, una empresa llamada Reflect Orbital quiere borrar esa frontera ancestral con un gesto casi poético —o blasfemo, según a quién se le pregunte—: devolvernos la luz solar cuando el Sol ya no esté.

Su propuesta suena sencilla en el papel: lanzar una constelación de satélites espejados que reflejen la luz solar hacia la Tierra, permitiendo que las granjas fotovoltaicas sigan generando electricidad durante la noche. En teoría, también podrían iluminar ciudades enteras o zonas de emergencia tras un desastre natural.

Pero detrás del brillo de esta promesa se esconde un debate más profundo: ¿estamos dispuestos a reemplazar la noche por una versión artificial del día?

EARENDIL-1, el espejo que iniciará la era orbital de la luz

Cuando el cielo deje de oscurecerse: el plan para llenar la órbita de espejos y devolvernos la luz del Sol de noche
© Reflect Orbital.

El primer paso de este plan lleva un nombre que parece sacado de El Señor de los Anillos: EARENDIL-1, el satélite experimental que Reflect Orbital pretende lanzar en abril de 2026. Tendrá un espejo de 18 metros de lado y orbitará a unos 625 kilómetros de altura.

Si la prueba resulta exitosa, la compañía prevé desplegar miles más, hasta alcanzar una red de 4.000 satélites para 2030. Algunos tendrían superficies de hasta 54 metros por lado, capaces —en teoría— de redirigir suficiente luz para mantener activa una planta solar durante las horas nocturnas.

La empresa, dirigida por el joven ingeniero Ben Nowack, ya consiguió 1,25 millones de dólares del programa de innovación de la Fuerza Aérea estadounidense. Su ambición: que los satélites sigan la órbita sincrónica con el Sol, moviéndose justo sobre la línea entre el día y la noche, de modo que permanezcan siempre bañados por la luz solar.

En sus comunicados, Reflect Orbital promete “energía limpia y continua, sin límites terrestres”. Pero la comunidad científica ve en esa visión un espejismo peligroso.

Cuando la física dice “no”

Para que un espejo espacial reproduzca siquiera una fracción del brillo del mediodía, debería reflejar la luz con una precisión casi imposible. Según los cálculos de los astrónomos Michael Brown (Universidad Monash) y Matthew Kenworthy (Universidad de Leiden), un satélite con un espejo de 54 metros produciría una luz 15.000 veces más tenue que el Sol.

Y para alcanzar apenas el 20 % de esa intensidad, haría falta que 3.000 satélites enfocaran la misma zona al mismo tiempo.

Peor aún: a 625 kilómetros de altitud, cada satélite se mueve a más de 7,5 km por segundo, lo que significa que solo iluminaría una región durante unos 3,5 minutos antes de desaparecer en el horizonte. El propio Nowack reconoció que, para mantener una iluminación estable, sería necesario lanzar hasta 250.000 satélites, una cifra que supera el total de objetos actualmente en órbita terrestre.

El resultado sería un enjambre de espejos orbitando sobre nuestras cabezas, un océano de destellos desplazándose por el cielo. Un espectáculo tan sobrecogedor como aterrador.

Un viejo sueño que nunca funcionó

La idea de iluminar la Tierra desde el espacio no es nueva. En 1993, la agencia espacial rusa lanzó el Znamya 2, un espejo de 25 metros que reflejó la luz solar sobre Europa durante unos minutos antes de desintegrarse sobre Canadá. El destello fue visible a simple vista, un experimento asombroso que duró menos que una estrella fugaz.

Desde entonces, variadas agencias —incluida la NASA y la ESA— han coqueteado con proyectos similares. Todos acabaron en los cajones de la historia, enterrados por los mismos obstáculos: costos inmensos, riesgos orbitales y, sobre todo, las consecuencias ecológicas y astronómicas de alterar la noche.

Cuando la noche desaparece, todo cambia

Cuando el cielo deje de oscurecerse: el plan para llenar la órbita de espejos y devolvernos la luz del Sol de noche
© Reflect Orbital.

Los científicos advierten que no se trata solo de un problema técnico, sino de un cambio profundo en la relación de la humanidad con la oscuridad. Aves migratorias que pierden sus rutas, plantas que alteran su floración, insectos desorientados y ciclos circadianos humanos perturbados son solo algunas de las consecuencias de la contaminación lumínica, un fenómeno que ya afecta a más del 80 % del planeta.

David Smith, de la organización BugLife, advierte que “la contaminación lumínica altera un ciclo natural que ha regido la vida durante miles de millones de años”.
Y si los planes de Reflect Orbital prosperan, ese ciclo podría verse interrumpido por haces “cuatro veces más brillantes que la luna llena”, como explicó el astrónomo John Barentine, de Dark Sky Consulting.

Además, los telescopios terrestres quedarían prácticamente cegados. La luz reflejada podría interferir con observaciones astronómicas e incluso dañar los sensores ópticos de los observatorios. Brown y Kenworthy lo definen sin rodeos: “Sería devastador para la astronomía”.

El espejismo de la energía eterna

Cuando el cielo deje de oscurecerse: el plan para llenar la órbita de espejos y devolvernos la luz del Sol de noche
© Reflect Orbital.

Reflect Orbital asegura que podrá dirigir la luz de manera “selectiva y predecible”, evitando los observatorios y compartiendo la ubicación exacta de sus satélites. Pero sus críticos no se convencen. Los haces de luz seguirían dispersándose en la atmósfera, generando brillos secundarios imposibles de eliminar. Y, aunque el objetivo sea alimentar paneles solares, los beneficios energéticos reales podrían resultar insignificantes frente a los riesgos ambientales y visuales.

La empresa, sin embargo, mantiene su discurso mesiánico: promete “redefinir la frontera entre día y noche” y “multiplicar la capacidad de la energía solar global”. Quizá logre lanzar su primer prototipo. Pero el camino hacia una red funcional de cientos de miles de espejos será una carrera cuesta arriba contra la física, la biología y la regulación internacional.

kowski.

El cielo, última frontera

Lo más inquietante del proyecto de Reflect Orbital no es su dificultad técnica, sino su ambición simbólica. La noche ha sido siempre el dominio del misterio, el refugio de las estrellas y el origen de nuestra curiosidad por el cosmos. Si convertimos el cielo en un escaparate de luz artificial, ¿qué quedará de esa relación ancestral entre la humanidad y la oscuridad?

Tal vez, dentro de unos años, miremos hacia arriba y no veamos la Vía Láctea, sino un brillo blanco, suave, constante, que nos devuelva el reflejo de lo que fuimos: una especie que quiso imitar al Sol.

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