Durante poco más de un siglo, la gasolina fue el combustible que marcó la forma de movernos. El motor de Nikolaus Otto en 1876 inauguró una era que parecía eterna. Pero el futuro de la movilidad se está redefiniendo: Alemania quiere que el hidrógeno sea protagonista, aunque la transición no será tan directa como algunos imaginan.
Una historia que comenzó en el siglo XIX

En el año 1860, Etienne Lenoir creó el primer motor de combustión interna con gas de iluminación. Años más tarde, Otto perfeccionó el invento con su motor de cuatro tiempos, que aún hoy mueve millones de coches. Ese reinado parecía indiscutible, hasta que la urgencia climática abrió la puerta a nuevas alternativas energéticas.
El regreso del hidrógeno a la estrategia de BMW
La marca bávara no es ajena a esta molécula. A principios de los 2000, fabricó el BMW 750h, un sedán con motor V12 alimentado por hidrógeno, pensado para demostraciones. Ahora, el paso es mucho más ambicioso: el iX5 Hydrogen, desarrollado con Toyota, apuesta por una pila de combustible propia que acerca la tecnología a la producción en serie.
Datos técnicos que marcan la diferencia
La tercera generación de esta pila de combustible es un 25% más ligera y compacta, pero con mayor densidad energética. El sistema entrega 400 CV y alcanza 480 kilómetros de autonomía con apenas 6 kilos de hidrógeno líquido. Su gran ventaja es el tiempo: repostar es cuestión de minutos, frente a las largas esperas de las baterías eléctricas.
El horizonte de 2028 y la producción industrial

BMW ha confirmado que 2028 será el año de su salto definitivo al hidrógeno. Las plantas de Steyr, Landshut y Dingolfing ya preparan líneas específicas y bancos de pruebas para producir en serie. Pero el verdadero desafío no está en los coches, sino en la red: la infraestructura de estaciones de hidrógeno avanza mucho más despacio de lo que la industria desearía.
Alemania y Japón, dos caminos que se cruzan
Mientras tanto, BMW mira al año 2028, Japón lleva ventaja con el Toyota Mirai y otros modelos basados en hidrógeno. Ambos países persiguen lo mismo: combinar emisiones cero con la rapidez del repostaje. La gran incógnita es si las redes de distribución podrán seguir el ritmo y hacer del hidrógeno una opción real más allá de los laboratorios.