En la historia moderna de la ingeniería civil, pocas obras han sido tan audaces como el Aeropuerto Internacional de Kansai. Concebido para liberar a Osaka de sus límites aéreos, se erigió sobre el mar con promesas de grandeza. Pero desde su inauguración, lucha contra un enemigo silencioso: el hundimiento progresivo de la isla que lo sostiene.
Un sueño que nació en tiempos de cambio

En la década del 60, cuenta Xataka, Japón surfeaba la ola del crecimiento económico y la aviación vivía una revolución con aeronaves como el Boeing 707 y el Douglas DC-8. El Aeropuerto Internacional de Osaka se quedaba pequeño y las estrictas normas impuestas por los vecinos impedían su expansión. La solución fue tan ambiciosa como arriesgada: construir un nuevo aeropuerto, no en tierra firme, sino sobre una isla artificial en la Bahía de Osaka.
Este proyecto exigía que el complejo estuviera al menos a tres kilómetros de la costa para reducir el ruido. En 1987 comenzaron las obras, cinco kilómetros mar adentro, moviendo montañas —literalmente— para verter miles de metros cúbicos de roca sobre un lecho marino compuesto por capas de arcilla que, los ingenieros sabían, cederían bajo presión.
La inauguración y la primera gran prueba

Diseñada por el arquitecto Renzo Piano, la primera fase incluyó una pista y una terminal de pasajeros. En septiembre de 1994, Kansai abrió sus puertas como símbolo de innovación y orgullo nacional. No tuvo que esperar mucho para demostrar su resistencia: cuatro meses después, el terremoto de Kobe puso a prueba su estructura antisísmica, que soportó el impacto con daños menores.
En el año 1996 comenzó la segunda fase, con otra pista y terminal. La inauguración parcial llegó en 2007, permitiendo aliviar el tráfico aéreo, aunque el verdadero desafío seguía bajo sus cimientos.
El enemigo bajo el mar

Desde el inicio, la isla comenzó a hundirse. En el año 1994, la tasa alcanzaba los 50 centímetros anuales; hoy ronda los 10. Las soluciones han requerido una inversión descomunal —más de 20.000 millones de dólares— y la instalación de 900.000 pilotes de arena para drenar el agua y compactar la arcilla.
Kansai ha recibido elogios como el premio “Monumento de Ingeniería Civil del Milenio” en 2001, pero también críticas por su coste y mantenimiento. Entre la gloria y la fragilidad, sigue siendo un recordatorio de que incluso las mayores hazañas humanas deben negociar con la naturaleza.