Durante la última década, la órbita baja terrestre se ha convertido en el nuevo “territorio salvaje” de la conectividad global. Donde antes había unos pocos satélites científicos o de observación, ahora se despliegan constelaciones enteras pensadas para llevar internet a cualquier punto del planeta. En ese escenario, Starlink se movió rápido y ocupó el espacio antes que nadie. Pero la etapa de dominio casi absoluto empieza a mostrar grietas.
La FCC mueve el tablero del internet desde el espacio
La Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos ha dado luz verde al despliegue de más de 4.000 satélites de banda ancha en órbita baja por parte de Logos Space Services. La cifra, por sí sola, ya coloca a la compañía en la liga de las grandes megaconstelaciones. Pero el contexto es aún más interesante: hace apenas unos días, otra empresa vinculada al ecosistema de Jeff Bezos también obtuvo permiso para lanzar miles de satélites con fines similares.
Lo que se está gestando no es una simple expansión del mercado del internet satelital doméstico. Es un cambio de fase. La órbita baja empieza a llenarse de proyectos que apuntan a algo más ambicioso: construir infraestructuras de comunicación críticas desde el espacio, pensadas para gobiernos, grandes corporaciones y entornos donde la resiliencia de la red no es un lujo, sino una necesidad estratégica.
Quién es Logos y por qué importa

Logos Space Services no es una startup cualquiera que aparece de la nada con un PowerPoint ambicioso. Detrás del proyecto hay perfiles con peso en el ecosistema tecnológico y espacial estadounidense. Su fundador, Milo Medin, participó en proyectos de la NASA y fue una figura clave en el desarrollo de infraestructuras inalámbricas en Google. Junto a él, veteranos del sector aeroespacial han levantado una empresa que, en poco tiempo, ya ha atraído decenas de millones de dólares en financiación privada.
El mensaje implícito es claro: el mercado del internet desde el espacio ya no es solo cosa de visionarios excéntricos. Grandes fondos de inversión y actores vinculados al complejo tecnológico-industrial están apostando por convertir la órbita baja en una nueva capa de infraestructura global, comparable a los cables submarinos o las redes terrestres de fibra.
Una constelación pensada para algo más que WiFi doméstico
A diferencia de Starlink, cuyo relato público gira en torno a llevar internet a zonas rurales o mal conectadas, el planteamiento de Logos apunta a otro tipo de cliente. Su constelación operará en múltiples capas orbitales, con enlaces ópticos entre satélites que reducen la dependencia de estaciones en tierra. En la práctica, esto permite crear una red más autónoma, con menor latencia y mayor resistencia ante fallos o interferencias.
Ese diseño técnico no es casual. Está alineado con un mercado que demanda comunicaciones seguras, difíciles de interceptar y operativas incluso en escenarios de conflicto o crisis. Hablamos de gobiernos, fuerzas armadas, grandes empresas con operaciones distribuidas por el mundo o infraestructuras críticas que no pueden depender de un único proveedor o de cables físicos vulnerables.
La batalla que no se ve: control de la infraestructura
Lo interesante de esta nueva etapa del internet espacial es que la competencia ya no se libra solo en términos de velocidad o cobertura. El verdadero campo de batalla es el control de la infraestructura. Quién gestiona las “autopistas invisibles” por las que circularán datos sensibles en las próximas décadas. Quién ofrece la red más resiliente en un mundo donde las tensiones geopolíticas, los ciberataques y los sabotajes físicos forman parte del paisaje cotidiano.
En ese sentido, la hegemonía de Starlink empieza a resultar incómoda para algunos actores institucionales. Depender de una sola empresa privada para una parte tan crítica de las comunicaciones globales es un riesgo estratégico evidente. La aparición de alternativas como Logos introduce, al menos, una diversificación del poder en la órbita baja.
Un futuro saturado de satélites

Todo esto ocurre mientras los organismos internacionales advierten que, de seguir el ritmo actual, la cantidad de satélites en órbita se multiplicará en los próximos años. Decenas de miles de objetos artificiales rodeando la Tierra no solo plantean retos tecnológicos, sino también ambientales y de seguridad espacial. Colisiones, basura orbital y congestión del espacio cercano a nuestro planeta ya no son escenarios de ciencia ficción, sino problemas reales en la agenda de agencias espaciales y reguladores.
La entrada de nuevos jugadores en la carrera del internet satelital no es, por tanto, una buena noticia automática. Supone más competencia, sí, pero también más presión sobre un entorno que aún no termina de tener reglas claras para gestionar su propio crecimiento.
Lo que estamos viendo con Logos, Starlink y otras megaconstelaciones es el nacimiento de una nueva capa de infraestructura global. Igual que en su día los cables submarinos redefinieron la economía digital, ahora la órbita baja empieza a perfilarse como el soporte invisible de la conectividad del siglo XXI. La diferencia es que esta infraestructura no está enterrada bajo el océano, sino girando a cientos de kilómetros sobre nuestras cabezas.
Que Starlink ya no esté solo no significa que pierda su posición dominante de un día para otro. Pero sí marca el inicio de una etapa en la que el espacio deja de ser un terreno casi exclusivo de una empresa para convertirse en un campo de competencia estratégica. Y en esa competencia no se juega solo quién da mejor internet, sino quién controla las arterias por las que circulará la información del futuro.