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China ya no apunta con misiles para dominar el espacio. Ha desarrollado un arma de microondas pensada para cegar satélites y Starlink aparece como el primer objetivo real

La carrera por el control del espacio ya no se libra solo con cohetes, satélites espía y sistemas de defensa orbital. En los últimos años, las potencias militares han empezado a mirar al cielo como un nuevo frente estratégico en el que no siempre hace falta destruir para ganar. Basta con dejar ciego al adversario. En ese escenario, la red de satélites Starlink se ha convertido en una pieza demasiado valiosa como para no llamar la atención de China.

El papel que jugó la constelación de Elon Musk en la guerra de Ucrania fue una señal de alarma para muchos estrategas militares. Cuando las infraestructuras terrestres quedaron dañadas, Starlink permitió mantener comunicaciones operativas en condiciones extremas. Para Pekín, ese precedente no es una anécdota tecnológica: es la prueba de que una red civil de satélites puede inclinar la balanza en un conflicto moderno.

Un arma que no necesita explosiones

China ya no apunta con misiles para dominar el espacio. Ha desarrollado un arma de microondas pensada para cegar satélites y Starlink aparece como el primer objetivo real
© SpaceX.

Según informó el South China Morning Post, investigadores del Northwest Institute of Nuclear Technology han desarrollado un generador de microondas de alta potencia pensado para aplicaciones militares. El sistema, conocido como TPG1000Cs, sería capaz de emitir pulsos de energía extremadamente intensos durante periodos mucho más prolongados que los prototipos anteriores, que apenas podían operar durante unos segundos.

La lógica de estas armas es distinta a la de los misiles antisatélite clásicos. En lugar de destruir físicamente un objetivo en órbita, las microondas de alta potencia buscan “freír” su electrónica. El resultado es un satélite inutilizado, sin explosiones, sin restos y sin la nube de fragmentos que podría poner en peligro a otros sistemas espaciales. Desde el exterior, el fallo podría parecer incluso un problema técnico.

Por qué Starlink se ha convertido en un objetivo

Starlink no es solo una red de acceso a internet. Su arquitectura de miles de satélites en órbita baja la hace resiliente a fallos puntuales, pero también la expone a nuevas vulnerabilidades. Al operar más cerca de la Tierra para reducir la latencia, estos satélites son, en teoría, más accesibles a sistemas de energía dirigida desde tierra.

Además, la experiencia en Ucrania demostró que su valor estratégico va mucho más allá del ámbito civil. En un hipotético escenario de tensión en el estrecho de Taiwán, disponer de una red de comunicaciones satelital independiente podría ser decisivo. De ahí que en la literatura académica china aparezcan cada vez más estudios sobre cómo neutralizar constelaciones de este tipo sin desencadenar un conflicto abierto en el espacio.

Más compacto, más móvil y más difícil de rastrear

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© Shutterstock / 3Dsculptor.

Otro de los aspectos que subrayan los investigadores es el diseño relativamente compacto del nuevo sistema. Aunque sigue siendo una instalación de grandes dimensiones, su tamaño y peso permitirían un despliegue más flexible que el de armas de microondas anteriores, pensadas casi como plataformas fijas.

Este detalle importa porque introduce un factor de movilidad en un tipo de armamento que, hasta ahora, se asociaba a instalaciones muy concretas y fácilmente localizables. Un sistema capaz de desplazarse o de adaptarse a distintos entornos complica la labor de vigilancia del adversario y hace más difusa la línea entre defensa y ataque.

Ataques invisibles y negación plausible

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© Wikideas1 / Wikimedia Commons.

Las armas de energía dirigida plantean un problema adicional: la atribución. A diferencia de un misil antisatélite, cuyo lanzamiento es detectable por radares y sensores, un pulso de microondas no deja una “firma” evidente. No hay explosión, no hay restos que analizar y, en muchos casos, el fallo del satélite podría confundirse con un problema interno.

Ese margen de ambigüedad abre la puerta a un nuevo tipo de confrontación en el espacio: sabotajes discretos, difíciles de demostrar y, por tanto, complicados de responder sin escalar el conflicto. En un entorno geopolítico marcado por la desconfianza, esta clase de armas encaja demasiado bien con la lógica de la guerra híbrida.

El espacio como próximo campo de batalla silencioso

La idea de una guerra espacial abierta, con satélites explotando en órbita, sigue siendo más propia del cine que de la realidad inmediata. Sin embargo, la proliferación de armas capaces de inutilizar sistemas espaciales sin destruirlos físicamente sugiere un futuro distinto: uno en el que el control del espacio se disputa de forma silenciosa, casi invisible para el público.

Starlink es hoy el caso más mediático, pero no será el último. A medida que la dependencia de infraestructuras espaciales crece, también lo hace el interés por desarrollar formas de negarlas al adversario. El resultado es un tablero cada vez más congestionado, en el que la frontera entre tecnología civil y objetivo militar se vuelve peligrosamente difusa.

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