Brasil lleva veinte años soñando con su tren de alta velocidad. La idea apareció por primera vez en 2004 con el nombre de Expreso Bandeirantes, una línea que debía unir São Paulo con Campinas y luego extenderse hasta Río de Janeiro. Pero entre cambios de gobierno, falta de financiación y un mercado privado poco convencido, el proyecto se disolvió antes de nacer.
El plan volvió a la mesa en 2007, esta vez bajo la presidencia de Lula da Silva, con la expectativa de tenerlo listo para el Mundial de 2014. Luego se retrasó a los Juegos Olímpicos de 2016. Y otra vez se desmoronó.
Sin embargo, la historia no terminó ahí. Dos décadas después, con nuevos actores privados y un país más estable económicamente, Brasil parece decidido a cumplir su vieja promesa.
La apuesta definitiva: TAV Brasil
La Agencia Nacional de Transportes Terrestres (ANTT) otorgó en 2023 una concesión de 99 años a la empresa TAV Brasil, que será responsable de planificar, construir y operar la línea de alta velocidad.
El trayecto unirá Río de Janeiro y São Paulo, con paradas intermedias en São José dos Campos y Volta Redonda, cubriendo unos 400 kilómetros.
El calendario fijado prevé terminar los estudios de viabilidad en 2026, comenzar la obra en 2027 y poner el tren en servicio comercial en 2032.
Cuando empiece a funcionar, el trayecto entre ambas megaciudades —que hoy requiere seis horas por carretera— se podrá realizar en una hora y cuarenta y cinco minutos, gracias a trenes capaces de alcanzar los 320 km/h.
Un proyecto con más geopolítica que acero

Aunque se trata de una obra de infraestructura, el TAV Brasil tiene un trasfondo político y económico mucho más amplio. América del Sur, a diferencia de Europa o Asia, nunca ha tenido un tren de alta velocidad operativo. La llegada de uno marcaría una frontera simbólica entre el pasado industrial y el futuro tecnológico de la región.
La licitación también abre un nuevo frente de competencia internacional. Empresas españolas, francesas, alemanas y chinas compiten por participar en la construcción y el suministro de material rodante.
Para China, el proyecto es una oportunidad estratégica: ya domina la alta velocidad en África y Asia, y sumar a Brasil —el mayor mercado de Sudamérica— consolidaría su presencia en un sector donde Europa todavía conserva influencia.
Más que un tren: una declaración de intenciones
El costo estimado de la obra ronda los 60.000 millones de reales (unos 11.000 millones de euros), una cifra que refleja tanto su magnitud como su apuesta a largo plazo.
A diferencia de intentos anteriores, el nuevo modelo no depende de fondos públicos directos, sino de capital privado, un factor clave para mantener el ritmo y la estabilidad del proyecto.
El gobierno brasileño, por su parte, busca posicionar el TAV como símbolo de una nueva etapa de integración regional, con miras a una red ferroviaria que, algún día, conecte los principales núcleos urbanos del continente.
El tren que podría cambiar América del Sur
Si se cumple el calendario, Brasil se convertirá en el primer país sudamericano con un tren de alta velocidad en funcionamiento. No solo reducirá el tiempo de viaje entre dos de las mayores ciudades del hemisferio, sino que podría marcar un precedente para otros proyectos en Argentina, Chile o Perú.
El desafío no será menor: mantener el equilibrio entre inversión privada, voluntad política y una geografía tan compleja como el entusiasmo que despierta.
Pero por primera vez en veinte años, el sueño del tren bala brasileño no suena a promesa incumplida, sino a un paso firme hacia una región donde el futuro —literalmente— empieza a moverse más rápido.