En el Salón Aeronáutico de Changchun, Pekín mostró al mundo un Shenyang J-6 reconvertido en dron de combate. La cabina vacía confirmó que no se trata ya de un avión tripulado, sino de un vehículo aéreo no tripulado (UCAV). Los analistas señalan que lo mismo está ocurriendo con los modelos J-7 y J-8, aeronaves de origen soviético que se consideraban obsoletas y retiradas.
Lo que parecía chatarra ahora se perfila como una flota reutilizada para entrenamientos, misiones de saturación o ataques en enjambre que compliquen las defensas aéreas de cualquier adversario.
Una estrategia con Taiwán en el horizonte
El interés de Pekín en esta reconversión no es nuevo: ya en 2018 se hablaba de carteles y proyectos que mostraban estos cazas modificados como drones. Para 2022, informes del Instituto Mitchell de Estudios Aeroespaciales revelaban que al menos cinco aeródromos chinos estaban listos para operar con estas unidades. Todos ellos están situados en posiciones clave frente a Taiwán.
Los reportes señalaban que podrían funcionar como primera oleada de ataque, absorbiendo la potencia de fuego de las defensas enemigas. Sin embargo, no está claro si podrán portar armamento real —misiles, cohetes o bombas— o si su papel será únicamente el de señuelo.
Una reconversión a gran escala
Fotografías satelitales apuntan a las instalaciones de Lushan como el epicentro de esta transformación. Entre 2018 y 2021, más de 235 cazas J-6 y J-7 pasaron por allí. Para 2022, la cifra ya superaba las 500 unidades.
China ha rodeado estos aeródromos con potentes defensas aéreas como los SAM HQ-9 y S-300, además de desplegar cazas modernos como los Su-30MKK y J-10. Todo apunta a que esta combinación busca blindar los puntos de partida de una flota de drones que, aunque nacida de aviones retirados, podría tener un papel decisivo en un conflicto futuro.
[Fuente: Zona Militar]