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China acaba de publicar su plan para dominar los recursos del sistema solar durante el próximo siglo. No es ciencia ficción, es geopolítica a largo plazo

Durante décadas, hablar de minería espacial sonaba a ciencia ficción. Hoy, China acaba de convertir esa idea en un documento de planificación estatal. La Corporación de Ciencia y Tecnología Aeroespacial de China (CASC) ha presentado un programa nacional de desarrollo de recursos espaciales que traza una hoja de ruta operativa hasta el año 2100. No se trata de un proyecto simbólico ni de una declaración de intenciones: es un plan técnico, económico y geopolítico para construir una flota interplanetaria capaz de explorar, colonizar y extraer materiales en todo el sistema solar.

El documento se integra en una visión más amplia de largo plazo, alineada con la estrategia del “Gran Rejuvenecimiento de la nación china”, una narrativa que Pekín lleva décadas utilizando para justificar planes de crecimiento sostenido y liderazgo tecnológico. En la práctica, significa pensar el espacio no como un escenario de misiones aisladas, sino como una extensión futura de su infraestructura económica.

De la Luna a los asteroides: la hoja de ruta del siglo

China acaba de publicar su plan para dominar los recursos del sistema solar durante el próximo siglo. No es ciencia ficción, es geopolítica a largo plazo
© Getty Images / Lintao Zhang.

El programa, conocido como Tiangong Kaiwu —una referencia directa a una enciclopedia científica de la dinastía Ming— no se limita a la exploración científica. Su objetivo explícito es el desarrollo de recursos. En la primera fase, prevista para finales de la década de 2020, China quiere demostrar la viabilidad técnica de la extracción de materiales en cuerpos cercanos a la Tierra. Es el equivalente a los “proyectos piloto” que suelen preceder a las grandes infraestructuras terrestres.

A partir de 2035, el foco se desplaza a la Luna y al espacio cislunar, el entorno entre la Tierra y nuestro satélite. Allí se espera establecer una cadena de suministro estable: extracción de regolito, uso de hielo de agua para producir combustible y oxígeno, y nodos logísticos en puntos de Lagrange para facilitar el transporte. El plan no habla solo de traer materiales a la Tierra, sino de crear una economía en el espacio que se alimente a sí misma.

En la segunda mitad del siglo, la ambición se dispara. Marte, el cinturón principal de asteroides, y más adelante los entornos de Júpiter y Saturno entran en el calendario. No como destinos aislados, sino como parte de una red progresiva de explotación y presencia humana. Para 2100, la visión es la de estaciones de suministro repartidas por todo el sistema solar, una infraestructura que permitiría misiones profundas sin depender constantemente de lanzamientos desde la Tierra.

Por qué los asteroides importan tanto

El interés chino no se limita a los metales preciosos que suelen protagonizar los titulares. Los estudios internos citan cientos de asteroides cercanos a la Tierra como económicamente “explotables”, no solo por su contenido en platino, níquel u otros metales estratégicos, sino por el hielo de agua. En el espacio, el agua es un recurso crítico: sirve para beber, para producir oxígeno respirable y, mediante electrólisis, para fabricar combustible. Controlar fuentes de agua fuera de la Tierra es controlar la logística del espacio profundo.

Este enfoque revela una diferencia clave con la narrativa más popular en Occidente, centrada en la colonización de Marte como hito casi romántico. El plan chino es menos épico y más industrial. Primero infraestructura, luego expansión. Primero cadenas de suministro, luego asentamientos permanentes.

Una carrera espacial con reglas nuevas

China acaba de publicar su plan para dominar los recursos del sistema solar durante el próximo siglo. No es ciencia ficción, es geopolítica a largo plazo
© CNSA.

El contraste con Estados Unidos es evidente. Mientras China presenta un plan a 100 años con fases, objetivos y justificación económica, la estrategia estadounidense depende en gran medida de empresas privadas. SpaceX y Blue Origin han empujado la tecnología de lanzadores reutilizables como nadie antes, pero la política espacial estadounidense carece hoy de una hoja de ruta nacional comparable en materia de recursos.

No es solo una cuestión tecnológica, sino de modelo. China está replicando, con medios del siglo XXI, el tipo de movilización industrial que Estados Unidos utilizó durante el programa Apolo: coordinación estatal, planificación a largo plazo y una narrativa de proyecto nacional. La diferencia es que ahora el objetivo no es plantar una bandera, sino construir una economía fuera de la Tierra.

El riesgo de convertir el espacio en un tablero geopolítico permanente

Este tipo de planificación a largo plazo plantea preguntas incómodas. El Tratado del Espacio Exterior establece que ningún país puede reclamar soberanía sobre cuerpos celestes, pero la explotación de recursos sigue siendo una zona gris legal. ¿Qué ocurre cuando una potencia establece infraestructuras permanentes en puntos estratégicos del sistema solar? ¿Cómo se regulan las rutas logísticas, los nodos de repostaje o las zonas de extracción?

El riesgo no es solo jurídico, sino estratégico. Si una nación controla las principales fuentes de recursos en el espacio cercano, controla también la capacidad de otros actores para operar allí. La carrera espacial del siglo XXI no va de llegar primero, sino de construir primero la infraestructura que haga dependientes a los demás.

China no está anunciando un proyecto de ciencia ficción. Está publicando un plan industrial a 100 años. Y la pregunta que deja en el aire no es si logrará ejecutarlo tal como está escrito, sino cuántos países más están dispuestos a pensar el futuro del espacio con la misma escala temporal. Porque, esta vez, el retraso no se mide en misiones fallidas, sino en décadas de ventaja estratégica.

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