A lo largo de casi 30 años, China fue el corazón del reciclaje global. No por obligación, sino por estrategia industrial: convertir residuos ajenos en materias primas baratas. En 2016, entre China y Hong Kong absorbieron casi el 70 % de todos los residuos plásticos del planeta. Y lo mismo hicieron con papel, textiles y chatarra electrónica. La basura siempre fue negocio.
Pero esa época definitivamente ha terminado. A medida que el propio país empezó a generar más residuos que nunca —de 158 a más de 249 millones de toneladas en apenas unos años—, Pekín se dio cuenta de que se estaba quedando sin espacio y, sobre todo, sin control. En 2017 comenzó la ofensiva: multas, arrestos y, finalmente, la prohibición total de importaciones de basura extranjera. Occidente entró en crisis. China no.
China tenía otro plan.
El boom de las incineradoras: un éxito tan grande que se volvió problema

El XII Plan Quinquenal impulsó de forma explícita la incineración como pilar de la gestión de residuos. El objetivo inicial —tratar un 35 % de la basura del país mediante incineración— se cumplió antes de tiempo. Y después llegó el vértigo: de 428 plantas en 2019 a más de mil en 2023.
En 2022, ya había superado su meta de capacidad para 2025. Y poco después las incineradoras chinas procesaban cerca del 80 % de todos los residuos urbanos del país. Era un salto industrial espectacular, un despliegue que ningún otro país podría replicar.
Hasta que apareció un problema inesperado: hay demasiadas incineradoras y muy poca basura para alimentarlas.
La capacidad siguió creciendo mientras el volumen real de residuos apenas avanzaba un 10 % anual. Y hoy, según medios chinos, alrededor del 5 % de las plantas no puede ni siquiera operar. Las demás funcionan por debajo de su umbral económico.
El sistema es perfecto… excepto porque necesita más desechos de los que el país es capaz de producir.
Desenterrando vertederos antiguos: la solución desesperada

La falta de materia prima ha provocado una competencia feroz entre plantas. En varias regiones, gestores municipales, empresas contratistas y operadores de incineradoras han empezado a excavar vertederos antiguos en busca de basura “vieja”.
Un des-propósito técnico: ese material, degradado por décadas, no arde para nada bien. Para que funcione en el horno debe mezclarse con residuos nuevos. Aun así, lo están haciendo.
Este fenómeno no surge porque la gente esté intentando vender basura al peso, sino por algo más burocrático: muchas incineradoras negociaron en su día “liberar espacio” en vertederos para almacenar sus propias cenizas. Y ahora se encuentran con plantas que han agotado esos vertederos extrayendo basura que no sirve del todo.
Es un sistema dando mordiscos a su propia cola.
Lo que viene: un modelo que no puede sostenerse
La industria de incineración es muy rentable —hasta 14 millones de euros al año por planta en zonas rurales—, pero depende de una materia prima que ya no abunda. Y si el crecimiento de residuos sigue siendo tan lento, el choque entre capacidad instalada y oferta real será aún mayor.
El problema no es solo ambiental. Es económico, energético y geopolítico. Porque la crisis del reciclaje global que China provocó al cerrar sus importaciones en 2018 fue solo el primer temblor. Si el país reajusta su modelo otra vez, el impacto volverá a sentirse fuera de sus fronteras.
China resolvió un problema monumental. Pero, como tantas veces, lo hizo tan rápido y con tal fuerza que creó otro igual de grande. Y el verdadero interrogante ahora es si esta vez podrá desenterrarse de él.