Durante las últimas semanas, la relación entre China y Japón entró en una fase especialmente delicada. Una declaración de la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, sobre la seguridad de su país en caso de un conflicto en Taiwán fue suficiente para que Pekín activara una respuesta que combina presión económica, advertencias diplomáticas y gestos simbólicos cuidadosamente medidos. Sin embargo, en este nuevo episodio hay un elemento llamativo: el Gobierno chino está castigando a Japón sin recurrir a una herramienta que ya utilizó en el pasado y que podría tener implicaciones globales.
Un repertorio de presiones conocido, pero calibrado para evitar un estallido mayor

China reaccionó de inmediato tras las palabras de Takaichi, que Pekín interpretó como una injerencia inaceptable sobre uno de los temas más sensibles de su política exterior. Las primeras medidas no sorprendieron a nadie: frenó la reapertura de las importaciones de marisco japonés, emitió advertencias a los turistas chinos y canceló espectáculos de artistas japoneses alegando problemas técnicos de última hora.
Este tipo de acciones funcionan como un aviso, una forma de tensión controlada. Son suficientemente incómodas para que Tokio tome nota, pero no tan agresivas como para desencadenar una respuesta coordinada de sus aliados. Hasta ahora, China está siguiendo ese guion al pie de la letra.
Lo que sí marcó una diferencia con conflictos anteriores fue la ausencia de un movimiento que podría haber elevado el pulso económico a niveles mucho más altos: el uso de su dominio en la cadena global de minerales estratégicos, un sector del que Japón depende más de lo que le gustaría reconocer.
El recurso que China aún no activa, y por qué esta vez prefiere no cruzar esa línea

En 2010, un choque diplomático entre ambos países terminó con una suspensión de facto del suministro de tierras raras a Japón. Aquella decisión desató una crisis industrial que aceleró la búsqueda de proveedores alternativos en todo el mundo. Desde entonces, cualquier tensión entre Tokio y Pekín despierta el mismo temor: que China vuelva a jugar esa carta.
Pero varios factores explican por qué esta vez se contiene.
Primero, Pekín intenta evitar un impacto que se expanda más allá del conflicto bilateral. Un movimiento drástico alimentaría la narrativa de que China es un proveedor poco fiable, justo cuando busca consolidarse como la base manufacturera más estable del planeta. Países que hoy colaboran activamente con empresas chinas podrían empezar a diversificar de manera acelerada, debilitando uno de los pilares de la economía china.
Segundo, EE. UU. también está influyendo. Tras una reunión entre Donald Trump y Xi Jinping, la Casa Blanca aseguró que ambos habían acordado aliviar tensiones vinculadas a los minerales críticos. Una represalia directa contra Japón reabriría una herida diplomática que Pekín intenta mantener cerrada.
Tercero, Japón ya tomó medidas para no repetir el desastre de 2010. Diversificó proveedores, creó reservas estratégicas y apoyó el crecimiento de empresas como la australiana Lynas. Aunque sigue dependiendo de China, tiene más margen que hace quince años.
Aun así, los riesgos siguen presentes para la industria japonesa que depende del mercado chino: desde los fabricantes de automóviles con presencia local hasta las marcas de consumo que podrían verse atrapadas en una ola de boicots o trabas regulatorias.
[Fuente: Perfil]