
El amarillo exacto de ese camino requirió casi una semana de pruebas en los estudios MGM. Las cámaras de tres tiras de Technicolor, que pesaban más de 220 kilos, registraban cada escena en negativos separados y cada copia se teñía manualmente, capa por capa. El resultado era único: cada proyección era, literalmente, una obra artesanal.
Ochenta y cinco años después, en diciembre de 2024, MPC —la división de efectos visuales de Technicolor Creative Studios— entregaba Mufasa: El Rey León, una superproducción digital en la que más de 1.700 artistas recrearon cada brizna de hierba, cada sombra y cada uno de los 16,9 millones de pelos de la melena del protagonista. Dos meses más tarde, la empresa colapsaba. Cerca de 10.000 trabajadores perdían su empleo.
Technicolor murió dos veces: primero como tecnología dominante del color analógico; después, como conglomerado global de efectos digitales incapaz de sostener su propio crecimiento.
El nacimiento del color como industria
La historia comienza en 1912, cuando Herbert T. Kalmus y Daniel F. Comstock, ingenieros del MIT, fundaron una pequeña empresa de investigación industrial. En 1915 registraron el nombre Technicolor Motion Picture Corporation con una ambición clara: llevar el color al cine.
Los primeros intentos fueron rudimentarios. El sistema inicial, aditivo, combinaba filtros de color durante la proyección y exigía proyectores especiales. Era complejo, caro y poco práctico. El verdadero avance llegó con el color sustractivo, que integraba la información cromática directamente en la copia de proyección, compatible con cualquier cine convencional.
Durante los años veinte, Technicolor comenzó a aparecer en grandes producciones como Ben-Hur o El fantasma de la ópera, aunque todavía de forma parcial. Los problemas técnicos eran frecuentes, pero la empresa siguió perfeccionando el sistema hasta alcanzar su forma definitiva en 1932.
La era dorada del Technicolor
El proceso de tres tiras supuso una revolución. Cada color primario se registraba en un negativo independiente, que luego se convertía en matrices teñidas y transferidas manualmente a la copia final. El resultado era una saturación y estabilidad cromática que aún hoy resulta insuperable.
El precio fue alto. Las cámaras eran gigantescas y ruidosas, requerían niveles extremos de iluminación y un control férreo por parte de la empresa, que imponía técnicos y supervisores de color en cada rodaje. Sin embargo, el impacto fue inmediato.
Entre mediados de los años treinta y cincuenta, Technicolor se convirtió en sinónimo de prestigio. Disney lo adoptó para Blancanieves y los siete enanitos y Fantasía. El mago de Oz y Lo que el viento se llevó consolidaron su estatus mítico. El crédito “In Glorious Technicolor” no era una frase publicitaria: era una promesa estética.
El declive: cuando la simplicidad vence a la excelencia
En 1950, mientras Technicolor dominaba el imaginario visual de Hollywood, Eastman Kodak presentó Eastmancolor. Su propuesta era radicalmente distinta: una sola tira de película con capas sensibles a distintos colores, compatible con cámaras estándar y mucho más barata.
Las ventajas fueron decisivas. Menos costes, menos luz, más flexibilidad y compatibilidad con los nuevos formatos panorámicos. En pocos años, Technicolor quedó relegado a un servicio de laboratorio. El color dejó de ser artesanía para convertirse en estándar industrial.
Paradójicamente, muchas películas rodadas en Eastmancolor envejecieron mal: sus copias viraron al magenta con el paso del tiempo. Las películas Technicolor, en cambio, conservan hoy una viveza cromática casi intacta.
La reinvención digital y el exceso de ambición
Lejos de desaparecer, Technicolor se transformó. Desde los años ochenta, la empresa mutó en un proveedor global de servicios audiovisuales. Fue adquirida por Ronald Perelman, luego por el grupo francés Thomson, y finalmente renombrada Technicolor SA.
Entre 2004 y 2015, inició una agresiva política de adquisiciones: compró MPC, The Mill y otros estudios de efectos visuales. Sobre el papel, la estrategia era sólida: ofrecer un ecosistema completo de postproducción digital. En la práctica, la integración nunca funcionó del todo.
Los estudios operaban de forma independiente, los márgenes eran cada vez más estrechos y la deuda superó los mil millones de dólares. En 2022, Technicolor Creative Studios se escindió como empresa independiente. En febrero de 2025, colapsó definitivamente.
El legado de un gigante
El ciclo de Technicolor puede resumirse entre dos versiones de Blancanieves: la de 1937, luminosa, duradera y revolucionaria; y la versión digital de 2025, técnicamente impecable pero carente de la textura y calidez del proceso original.
Technicolor fue víctima de su propio éxito. Primero, porque creó un estándar tan alto que resultó insostenible económicamente. Después, porque intentó dominar la era digital con una estructura demasiado compleja para un mercado ferozmente competitivo.
Su legado, sin embargo, permanece. Cada vez que una restauración revela colores intactos de una película clásica, Technicolor vuelve a demostrar que, durante un tiempo, no solo cambió el cine: lo llevó a su forma más pura de espectáculo visual.
Fuente: Xataka.