El pulso tecnológico entre Estados Unidos y China ha entrado en una nueva fase. Las restricciones ya no solo apuntan a empresas chinas: ahora también ponen en aprietos a fabricantes extranjeros que dependen de plantas en territorio chino. Corea del Sur, con gigantes como Samsung y SK Hynix, se encuentra en la línea de fuego de esta estrategia geopolítica.
El fin de la exención y la nueva regla del juego
En 2022, el Departamento de Comercio de EEUU permitió de forma temporal que compañías extranjeras con plantas en China instalaran equipos avanzados. Esa tregua ha terminado. A partir de ahora, cualquier fabricante necesitará una licencia estadounidense para llevar maquinaria que use componentes o tecnologías de origen norteamericano.
Intel, que vendió su planta de Dalian, queda al margen de la medida. No ocurre lo mismo con Samsung y SK Hynix, cuya competitividad depende de actualizar con urgencia sus fábricas chinas de Xian, Wuxi y Dalian.
ASML, Cymer y el control de la llave tecnológica

El núcleo del problema está en los equipos de litografía. ASML, la empresa neerlandesa que lidera el sector, depende de Cymer —firma californiana integrada en su estructura— para fabricar la fuente de luz ultravioleta de sus máquinas UVE y UVP. Ese detalle confiere a Washington poder para decidir qué empresas pueden usarlas y dónde.
En la práctica, incluso equipos de Tokyo Electron, Nikon o Canon estarían sujetos a la misma restricción. Así, EEUU asegura el control sobre el acceso a la tecnología más sensible de la cadena de semiconductores.
Corea del Sur, atrapada en el fuego cruzado
El Departamento de Comercio ha prometido otorgar licencias para mantener operativas las plantas ya existentes, aunque no permitirá que aumenten su capacidad ni que instalen la última generación de equipos. Para Samsung y SK Hynix, esta distinción es crítica: sin actualizar su tecnología, su posición global frente a competidores como Micron o TSMC podría debilitarse.
Pekín ya ha mostrado su rechazo, mientras Seúl intenta negociar con Washington para proteger el negocio de sus compañías. Pero el mensaje es claro: en la batalla por los chips, incluso aliados históricos como Corea del Sur deben pagar el precio de la estrategia estadounidense contra China.