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“El capitalismo seguirá funcionando sin nosotros”: la ciencia ficción de Michel Nieva contra el futuro que vende Silicon Valley

Durante la pandemia, cuando medio mundo se detuvo, hubo algo que siguió funcionando sin pausa: los mercados financieros. En ciudades como Nueva York, la compraventa de acciones continuaba de forma automática, gestionada por algoritmos sin intervención humana. Para Michel Nieva, aquel detalle fue revelador. No se trataba solo de una crisis sanitaria, sino de una evidencia incómoda: el sistema económico parecía perfectamente capaz de seguir adelante incluso si las personas desaparecían de la ecuación.

De esa intuición nace buena parte de su obra ensayística y de ficción, una literatura que utiliza la ciencia ficción no para imaginar futuros lejanos, sino para exagerar y deformar el presente hasta hacerlo irreconocible… y, al mismo tiempo, inquietantemente familiar.

Cuando la ciencia ficción dejó de imaginar futuros

Capitalismo
© Alexander Grey – Unsplash

En su ensayo Ciencia ficción capitalista (Anagrama, 2024), Nieva parte de una observación clave: gran parte del imaginario tecnológico actual bebe directamente de la ciencia ficción clásica. Empresas, productos y discursos de Silicon Valley reutilizan conceptos, estéticas y promesas propias del género, pero vaciadas de su capacidad crítica.

La ciencia ficción, sostiene Nieva, ha pasado de ser una herramienta para pensar alternativas a convertirse en un motor mitológico del capitalismo. Ya no se usa para preguntarse qué mundos queremos construir, sino para justificar un único futuro posible: el que dicta la tecnología como destino inevitable.

La idea conecta con una famosa frase atribuida a Fredric Jameson y popularizada por Mark Fisher: es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Nieva propone ir un paso más allá: el capitalismo ya está programado para continuar incluso cuando el mundo, o la humanidad, deje de serle útil.

La pandemia como ensayo general

La experiencia del covid-19 funciona en su pensamiento como una especie de experimento involuntario a escala global. El aislamiento, el consumo compulsivo, la vida mediada por pantallas y la automatización extrema mostraron hasta qué punto la tecnología no solo organiza la economía, sino también los afectos, los miedos y los deseos.

Mientras las personas acumulaban comida, mascarillas y ansiedad, los algoritmos seguían ejecutando órdenes con precisión matemática. Para Nieva, aquello dejó claro que el sistema ya no gira en torno a los cuerpos humanos, sino que los utiliza como una variable prescindible.

Esa lógica, llevada al extremo, es la que su literatura se dedica a explorar.

Gauchopunk: ciencia ficción desde el sur

Lejos de los laboratorios relucientes y los discursos mesiánicos del norte global, Nieva sitúa su ciencia ficción en una geografía distinta. En Ficciones gauchopunks (Caja Negra), recupera figuras tradicionales del imaginario argentino —el gaucho, la pampa, la frontera— y las mezcla con androides, prótesis, residuos tecnológicos y violencia política.

El resultado es un futuro deformado, incómodo, donde la tecnología no llega como promesa de progreso, sino como continuación del saqueo, la colonización y la explotación, ahora amplificadas por máquinas y algoritmos.

Sus relatos están poblados de cuerpos intervenidos, identidades artificiales y paisajes que parecen limpios por fuera, pero están podridos por dentro. La tecnología no redime: profundiza las heridas existentes.

Contra los salvadores tecnológicos

Empresario
© Hunters Race – Unsplash

Nieva también desmonta la narrativa del empresario tecnológico como figura redentora. Ese multimillonario que promete salvar al mundo —del cambio climático, de la muerte o del colapso social— gracias a su innovación.

Para el autor, este discurso retoma una figura profundamente arraigada en la tradición occidental: la del patriarca mesiánico. Un relato que resulta seductor porque ofrece una solución simple a problemas complejos, pero que oculta una verdad incómoda: el futuro que se propone no es colectivo, sino corporativo.

Las redes sociales, en este sentido, funcionan como nuevos feudos digitales. Espacios de los que dependemos para existir socialmente, pero cuyas reglas no controlamos.

¿Puede soñar un cerebro de plástico?

En el fondo de toda la obra de Nieva late una pregunta clásica de la ciencia ficción, heredera de Philip K. Dick: ¿qué diferencia realmente a lo humano de lo artificial? ¿Y qué ocurre cuando esa frontera se vuelve irrelevante para el sistema económico?

Sus gauchos robóticos, sus androides grotescos y sus paisajes tóxicos no buscan responder a esas preguntas, sino hacerlas insoportables. Obligar al lector a enfrentarse a un futuro que no promete orden ni salvación, sino continuidad del desastre bajo una capa de innovación.

Frente a la ciencia ficción optimista que vende Silicon Valley, la de Michel Nieva no ofrece utopías. Ofrece algo más incómodo: la posibilidad de mirar el presente sin anestesia.

[Fuente: Wired]

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