Hace apenas unos días, Donald Trump reunió a algunos de los magnates más poderosos de la tecnología estadounidense en una cena en la Casa Blanca. No era un encuentro casual: el presidente buscaba algo más que apoyo político. Su objetivo, ahora revelado, es ambicioso y polémico a partes iguales —quiere que el ejército de Estados Unidos sea financiado por Wall Street y Silicon Valley.
El Pentágono, dirigido por el Secretario de Defensa Daniel Driscoll, atraviesa una crisis presupuestaria que amenaza su modernización. Según sus propios cálculos, necesitaría 150.000 millones de dólares en una década para renovar arsenales, bases y depósitos militares. Pero el presupuesto actual apenas alcanza los 15.000 millones. Ante la lentitud del Congreso, Driscoll ha optado por una vía más rápida: el capital privado.
A comienzos de octubre, organizó una cumbre en Washington con algunos de los gigantes financieros más influyentes del país —Apollo, Carlyle, KKR y Cerberus— para presentarles proyectos que combinan seguridad nacional y rentabilidad empresarial.
Del capital riesgo al riesgo militar

La idea es tan audaz como pragmática: convertir los terrenos e instalaciones poco aprovechados del ejército en espacios de inversión tecnológica e industrial. Entre las propuestas figuran centros de datos para inteligencia artificial, fábricas de procesamiento de tierras raras y hasta acuerdos de intercambio de terrenos por capacidad de cómputo militar.
La iniciativa simboliza la nueva doctrina de la administración Trump: fusionar la defensa nacional con el poder del mercado. Lo que antes se consideraba una frontera infranqueable —el límite entre el Estado y los grandes inversores— empieza a desdibujarse.
Para los fondos, el movimiento representa una oportunidad estratégica. El capital privado estadounidense, valorado en unos 13 billones de dólares, busca nuevos horizontes tras saturar sectores tradicionales como el inmobiliario y la energía. Y el complejo militar-industrial ofrece algo que pocos sectores pueden prometer: contratos estables, retorno garantizado y apoyo político.
Cuando el dinero se convierte en arma
Trump ya había dado señales de su plan. Un decreto reciente permite a los fondos de pensiones estadounidenses invertir en capital privado, una decisión que liberó enormes flujos de dinero hacia este tipo de operaciones. En ese contexto, la defensa se presenta como el nuevo territorio dorado de la inversión, un sector donde la rentabilidad y la influencia política van de la mano.
Uno de los actores más involucrados es Cerberus Capital Management. Su fundador, Steve Feinberg —actual secretario adjunto de Defensa bajo Trump— gestiona más de 65.000 millones de dólares en activos y tiene una larga trayectoria financiando empresas de seguridad y armamento. Su doble papel, empresarial y gubernamental, encarna perfectamente la filosofía de esta nueva etapa: cuando los negocios sirven al poder, y el poder protege a los negocios.

Driscoll, exbanquero de inversión, no oculta su visión pragmática: “Estamos en un agujero del que no saldremos sin soluciones creativas externas”, habría dicho durante la reunión. Según fuentes cercanas al Pentágono, los primeros acuerdos con fondos privados podrían firmarse antes de fin de año, marcando un precedente en la historia militar estadounidense.
Un matrimonio entre dinero y poder
Este nuevo modelo de colaboración público-privada redefine la noción misma de soberanía económica. Al abrir las puertas del Pentágono a los capitales de Wall Street y los algoritmos de Silicon Valley, Estados Unidos no solo busca financiar su ejército, sino también convertir su defensa en un ecosistema de innovación y lucro.
Sin embargo, el movimiento plantea interrogantes profundos: ¿puede una nación mantener su independencia estratégica cuando su infraestructura militar depende del capital privado? ¿Dónde termina la defensa y empieza el negocio?
Trump, fiel a su estilo, parece tener clara la respuesta. Para él, el poder se construye con influencia y dinero. Y si eso implica poner a los multimillonarios en el corazón del aparato militar, será —según su visión— un precio que vale la pena pagar.
[Fuente: Presse-citron]