A veces el futuro de la aviación se dibuja en un hangar del desierto. En este caso, el lugar está en Australia, y el protagonista es un avión de apenas 3,5 metros de largo que promete cambiarlo todo. Su nombre es DART AE, y si despega con éxito antes de que termine el año, se convertirá en el primer avión hipersónico de hidrógeno del mundo.
La compañía detrás de esta audacia se llama Hypersonix, una start-up australiana que acaba de obtener 46 millones de dólares para poner en marcha un sueño que mezcla tecnología de defensa, sostenibilidad y velocidad extrema. La idea parece salida de la ciencia ficción: un avión que pueda alcanzar Mach 12 —unas doce veces la velocidad del sonido— sin emitir dióxido de carbono y que, en teoría, podría unir Madrid y Sídney en solo una hora.
Un prototipo que aspira a ser historia

La clave del proyecto es Spartan, el motor hipersónico impreso en 3D que impulsa al DART AE. Es un scramjet —abreviatura de supersonic combustion ramjet—, un tipo de motor que no tiene partes móviles y que utiliza el oxígeno de la atmósfera para quemar hidrógeno. Esto lo diferencia de los cohetes convencionales, que necesitan llevar su propio oxígeno líquido, lo cual añade peso y complejidad.
Spartan, fabricado íntegramente con materiales cerámicos de alta resistencia, tolera temperaturas superiores a los 1.000 °C y permite un rendimiento aerodinámico estable incluso a altitudes extremas. Su mayor ventaja es que no genera emisiones de CO₂ y puede reutilizarse varias veces, algo inédito en el ámbito del vuelo hipersónico.
“Spartan es más que un sistema de propulsión: es un paso hacia el vuelo hipersónico reutilizable”, explicó el doctor Michael Smart, cofundador de Hypersonix y exinvestigador de la NASA. Para él, la combinación de hidrógeno y fabricación aditiva es el punto de inflexión que permitirá vuelos frecuentes, asequibles y sostenibles, tanto para defensa como para transporte civil.
La prueba decisiva: antes de que acabe el año
El plan de Hypersonix es claro. Antes de que finalice el año, DART AE realizará su primer vuelo de prueba desde la base de Wallops, en Virginia (EE. UU.), bajo la supervisión de la NASA y el Pentágono. El prototipo será impulsado inicialmente por un cohete Rocket Lab HASTE, que lo llevará a la altura y velocidad necesarias para que Spartan entre en acción y mantenga el vuelo hipersónico sostenido.
Si el test tiene éxito, Australia entrará en la historia de la aviación, y el camino hacia los vuelos comerciales de hidrógeno se abrirá de golpe. Por ahora, el foco de Hypersonix está puesto en el ámbito militar: la financiación proviene de inversores como High Tor Capital, especializada en tecnología de defensa, y de la sueca Saab, interesada en adaptar el sistema a aviones de guerra reutilizables.
“Queremos demostrar que los vuelos hipersónicos no tienen por qué ser de un solo uso ni contaminantes”, afirmó Smart. “La clave no está solo en volar más rápido, sino en hacerlo más limpio y más veces”.
Hidrógeno, velocidad y futuro
El motor Spartan no es un experimento aislado. Forma parte de una carrera tecnológica global por dominar la próxima generación de vehículos hipersónicos, tanto en el aire como en el espacio. Hypersonix ya trabaja en un segundo modelo: VISR, una aeronave de ocho metros equipada con cuatro motores Spartan, diseñada para misiones de vigilancia, transporte exprés de suministros y pruebas en órbita baja.
El reto no es solo alcanzar Mach 12, sino mantener esa velocidad durante minutos, resistiendo la fricción atmosférica y las temperaturas extremas. A esas velocidades, el aire se convierte en un plasma abrasador. Cada superficie debe soportar condiciones comparables a la reentrada de una nave espacial.
La ventaja del hidrógeno es doble: pesa menos que los combustibles fósiles y disipa el calor con mayor eficacia, lo que lo convierte en un candidato ideal para los vuelos a altísima velocidad. Y, a largo plazo, abre la puerta a una aviación comercial sin emisiones de carbono.
Una nueva carrera por los cielos
Hypersonix no está sola. La suiza Destinus logró en abril de 2024 el primer vuelo supersónico propulsado por hidrógeno, alcanzando Mach 1.2 con su modelo Destinus-3. Este proyecto europeo ya construyó el tanque de hidrógeno operativo más grande de Europa y trabaja con la Agencia Espacial Europea (ESA) en Invictus, un programa que busca desarrollar el primer avión espacial europeo capaz de despegar horizontalmente, volar a Mach 5 y entrar en órbita sin cohete auxiliar.
Mientras tanto, China y Estados Unidos compiten por desarrollar tecnologías similares, aunque la mayoría de sus proyectos son secretos. En todos los casos, la meta es la misma: vuelos hipersónicos sostenibles y reutilizables. Si Hypersonix logra su despegue, será la primera en hacerlo sin comprometer el medio ambiente.
De la defensa al transporte

Aunque la ambición final de Hypersonix es crear una flota comercial de aviones limpios y ultrarrápidos, sus primeros contratos se centran en defensa. El motivo es evidente: la tecnología hipersónica ofrece una ventaja táctica incomparable. Un avión que vuela a 14.700 km/h puede cruzar continentes antes de que un radar detecte su trayectoria.
Sin embargo, el propio Dr. Smart cree que el verdadero impacto estará en el transporte civil. “La capacidad de volar con frecuencia y de forma asequible será la clave para desbloquear los hipersónicos tanto en defensa como en aviación comercial”, explicó.
En otras palabras, si el vuelo de prueba de DART AE sale bien, la humanidad podría estar presenciando el nacimiento del primer avión que combine velocidad orbital, cero emisiones y reutilización completa.
El inicio de una nueva era
Por ahora, todo depende de un despegue: unos segundos que decidirán si el DART AE entra en la historia o se queda en el terreno de la promesa. Pero lo que Hypersonix propone es algo que trasciende a la ingeniería: una reconciliación entre velocidad y sostenibilidad.
Durante décadas, el vuelo supersónico fue sinónimo de derroche energético y contaminación. Ahora, un pequeño avión australiano se propone demostrar que se puede volar doce veces más rápido… sin dejar rastro en el cielo.
Si lo logra, el sonido que escuchemos cuando rompa la barrera del aire no será solo un estampido sónico, sino el eco del comienzo de una nueva era en la historia del vuelo.