La Luna es un recuerdo. Un lugar al que fuimos, dejamos huellas y nos fuimos. Desde 1972, nadie volvió. Elon Musk quiere romper ese patrón y convertirla en algo completamente distinto: un lugar donde vivir. No como visita científica, no como gesto simbólico, sino como presencia operativa continua. Su objetivo es 2028, y el concepto tiene nombre: Base Lunar Alfa.
La diferencia es fundamental. Musk no habla de una misión. Habla de una infraestructura. De un punto de apoyo permanente fuera de la Tierra. De un primer ensayo real de vida humana extraplanetaria. Y, como suele hacer, propone hacerlo de una forma poco ortodoxa.
Starship como edificio, no sólo como vehículo

El eje del plan es tan simple como radical: no construir una base en la Luna, sino convertir la nave que llega en la base. Starship aterrizaría ya equipada como hábitat, con sistemas de soporte vital y espacios de trabajo integrados, y no regresaría a la Tierra. Se quedaría.
Musk lo define como una “base sin base”. La nave deja de ser transporte y pasa a ser estructura. Casa, laboratorio y refugio en un solo objeto. La lógica es reducir pasos, piezas y costes, reutilizando una plataforma existente en lugar de montar algo desde cero.
Convertir tanques de combustible en habitaciones
Starship ofrece alrededor de 1.000 metros cúbicos de volumen presurizado inicial, pero el plan va más allá. Tras el aterrizaje, la propuesta es reconvertir parte de los tanques de combustible en espacio habitable adicional, sumando unos 1.400 metros cúbicos más. Es decir, más que duplicar el espacio útil.
Esto implica abrir, sellar y acondicionar depósitos diseñados para metano y oxígeno líquido, en un entorno hostil y con herramientas limitadas. Musk estima unos 165 días de trabajo para la transformación completa, con unos 60 dedicados solo a modificar los tanques.
La versión lunar de Starship, además, no llevaría alas ni escudo térmico. No necesita volver a atravesar la atmósfera. Está pensada para quedarse.
Volcar una nave espacial en la Luna
Uno de los puntos más extremos del plan es cambiar la orientación del vehículo. En vertical, gran parte del interior es volumen muerto. En horizontal, el casco se convierte en un pasillo largo y continuo. La solución es tan directa como inquietante: tumbar la nave.
La maniobra consistiría en inclinar una Starship de unas 100 toneladas usando cables de alta resistencia, tirados por vehículos lunares o cabrestantes anclados al suelo. La gravedad lunar ayuda, pero el regolito es traicionero. Para reducir riesgos, el plan prevé compactar el terreno con ráfagas del motor antes de intentar la maniobra.
No es elegante, pero es física aplicada.
Shackleton, donde casi nunca se apaga el Sol
La ubicación elegida no es casual. Musk apunta al borde del cráter Shackleton, cerca del polo sur lunar, donde la luz solar es casi continua. En muchas zonas de la Luna hay ciclos de día y noche de dos semanas. En Shackleton, el Sol apenas se va.
Eso permite una generación de energía prácticamente ininterrumpida, clave para mantener sistemas de soporte vital, impresoras 3D y operaciones sin pausas forzadas. En el espacio, el Sol entrega unos 1.361 vatios por metro cuadrado y, sin atmósfera, los paneles podrían rendir hasta un 25 % más que en la Tierra.
Imprimir la base con el propio suelo lunar

Starship sería el núcleo, pero no el límite. El plan incluye expansión mediante impresión 3D utilizando regolito para fabricar módulos adicionales: laboratorios, almacenes y espacios habitables. La idea es crecer con lo que la Luna ya ofrece, no con lo que se envía desde la Tierra.
Esto también cumple una función defensiva. La radiación y los micrometeoritos son amenazas constantes. La solución propuesta es cubrir el hábitat con unos cinco metros de regolito, creando una armadura natural. Enterrar la nave para poder vivir en ella. Literalmente.
Hielo, oxígeno y combustible. La Luna como estación de servicio
Otro pilar del proyecto es el uso de recursos locales. El hielo en zonas polares se trata como un activo estratégico: agua, oxígeno y combustible. En la misma línea, el regolito contiene oxígeno atrapado en sus minerales, que puede extraerse con calor y electricidad.
La visión es clara: producir oxígeno líquido y combustible in situ permitiría que Starship despegue desde la Luna hacia otros destinos, reduciendo costes y aumentando la autonomía. La Luna no como destino final, sino como punto de apoyo.
Romper con el modelo Apolo
Musk es explícito en su crítica al patrón histórico. Nadie ha vuelto a la Luna desde 1972 y el Apolo 17 sigue siendo el récord de estancia humana, con apenas tres días. Para él, repetir visitas cortas no resuelve el problema central. El problema es aprender a vivir fuera de la Tierra.
La Base Lunar Alfa se plantea como un campo de pruebas extremo. Polvo abrasivo, radiación, aislamiento, infraestructura mínima. Si se puede vivir ahí, se puede vivir en otros sitios.
Entre la audacia y la realidad

Todo esto suena a ciencia ficción dura, y en parte lo es. Pero también está lleno de decisiones técnicas concretas, procesos y plazos. No es solo un render bonito. Es un esquema de trabajo.
La gran incógnita no es si es ambicioso, sino si 2028 es una fecha operativa o aspiracional, si Starship alcanzará la madurez necesaria y si la conversión de naves en hogares pasará de concepto a procedimiento.
Lo que realmente está en juego
Si Musk tiene razón, la Base Lunar Alfa no es solo un proyecto de SpaceX. Es el primer ensayo serio de una humanidad que deja de ser exclusivamente terrestre. No como visitantes, sino como residentes.
Y eso, para bien o para mal, cambia el eje completo de nuestra historia.