La irrupción de los chatbots de inteligencia artificial no solo ha transformado nuestra manera de trabajar, buscar información o escribir, sino también —casi sin darnos cuenta— la forma en que hablamos. Investigadores y lingüistas señalan que expresiones propias del “lenguaje de las máquinas” están cruzando la frontera hacia la comunicación humana, creando un híbrido difícil de distinguir y con profundas implicaciones sociales y cognitivas.
El nuevo vocabulario de la inteligencia artificial

Adam Aleksic, autor de Algospeak y especialista en la evolución del lenguaje, describe este fenómeno como un “simulacro de habla humana” que ahora nosotros mismos estamos replicando. La explicación es técnica: los chatbots convierten los mensajes en embeddings, coordenadas en un espacio matemático que simplifican el lenguaje real y pierden parte de su contexto.
Lo realmente llamativo, según Aleksic, es que los usuarios empiezan a imitar inconscientemente esas simplificaciones. Palabras como delve, casi anecdóticas en el inglés cotidiano, se han multiplicado hasta diez veces en artículos académicos desde 2022, coincidiendo con la expansión de ChatGPT.
De las pantallas a la conversación diaria

Lo que comenzó en la escritura ya está migrando al habla. Estudios recientes muestran que términos sobrerrepresentados en la IA han aparecido en conversaciones espontáneas, como si la frecuencia de exposición hubiera reprogramado nuestro “diccionario mental”. El propio Aleksic admite que solía disfrutar usando delve, pero ahora evita hacerlo porque suena demasiado “a chatbot”.
El problema, según señala, es que no se trata de una sola palabra. Voces como inquiry, surpass o meticulous están siguiendo el mismo camino, volviendo imposible trazar la frontera entre lo humano y lo artificial.
Un bucle de retroalimentación sin precedentes
La situación, describe Aleksic, es la de un bucle: los modelos de IA aprenden del lenguaje humano, los humanos adoptan giros de la IA y luego esas producciones regresan al entrenamiento de los modelos. En consecuencia, la “realidad lingüística” se diluye en un ciclo donde los mapas de significado de humanos y máquinas se confunden.
Aunque, como recuerda Aleksic, no hay nada dañino en usar delve o intricate, el riesgo es más profundo: los mismos sesgos que afectan a las palabras pueden estar también afectando, sin que lo advirtamos, a dimensiones raciales, políticas o de género. La forma en que hablamos podría ser, en el fondo, un anticipo de cómo pensamos y cómo seremos moldeados en los próximos años.