La historia oficial de la IA generativa hablaba de oficinas más eficientes, empleados liberados de tareas repetitivas y empresas más ágiles. La realidad de 2025 es bastante menos épica. Muchas compañías han reducido, congelado o directamente cancelado sus programas de automatización por costes, privacidad y resultados tibios.
En paralelo, hay un sector que no solo no se frena, sino que crece, cobra y retiene usuarios con una eficacia quirúrgica. No es la consultoría. No es la educación. No es la productividad. Es el sexo. A partir de un informe realizado en Wired, analizamos esto que parece… una locura.
Cuando la productividad no paga, pero la fantasía sí
Las cifras internas de uso y los testimonios del sector apuntan a lo mismo: mientras las herramientas de IA para empresas ahorran minutos aquí y allá, los chatbots eróticos generan interacciones largas, repetidas y monetizadas.
No hay misterio. La promesa de “te ayudo con tu Excel” compite con sistemas heredados, procesos humanos y expectativas realistas. La promesa de “estoy aquí solo para ti” compite con… nada.
La conexión emocional, aunque sea artificial, engancha. Y donde hay enganche, hay negocio.
El viejo patrón que se repite

No es la primera vez. El porno empujó el VHS. Impulsó el streaming. Aceleró la fotografía digital. La tecnología siempre ha encontrado en el deseo un terreno fértil para experimentar, probar límites y escalar rápido.
La IA no es diferente. La diferencia es que ahora no solo muestra contenido: conversa, responde, recuerda, se adapta. La fantasía deja de ser estática y se vuelve interactiva.
Eso cambia la relación del usuario con la herramienta. Y también su disposición a pagar.
La rentabilidad incómoda
Mientras los grandes actores de la IA prometen retornos a medio plazo y modelos de negocio aún por afinar, las plataformas eróticas muestran algo muy concreto: suscripciones, pagos recurrentes, usuarios fieles.
No es casualidad. En un mercado saturado de herramientas que “ayudan”, el erotismo ofrece algo distinto: atención exclusiva, validación, compañía simulada.
En términos empresariales, es oro.
El contraste que incomoda a Silicon Valley
El discurso oficial sigue siendo épico: salvar el mundo, curar enfermedades, optimizar economías. El flujo de caja real, hoy, es mucho más prosaico.
Empresas que apostaron fuerte por la automatización están recortando. Startups de IA empresarial ajustan expectativas. Inversionistas empiezan a preguntar por beneficios, no por demos.
Y, al mismo tiempo, el sector adulto no necesita justificar su caso de uso. Funciona. Punto.
No es solo sexo, es vínculo
Aquí está la clave. Estos bots no venden únicamente contenido explícito. Venden presencia, respuesta, continuidad. Una ilusión de relación sin fricción, sin rechazo y sin negociación.
Eso tiene implicaciones sociales profundas. Y también explica por qué el tiempo de uso es alto y la disposición a pagar, estable.
No se trata de tecnología punta. Se trata de psicología básica aplicada con algoritmos.
Las grandes tecnológicas miran, pero no se lanzan

Google, Meta, OpenAI, Anthropic: todos han evitado históricamente el contenido sexual explícito. Por imagen, por regulación, por riesgo. Prefieren el mercado corporativo, educativo, creativo.
Pero el mercado adulto no espera. Avanza sin ellos. Monetiza sin ellos. Aprende sin ellos.
Y demuestra algo incómodo: la IA conecta mejor con las emociones que con los procesos de negocio.
La burbuja y su residuo
Si la burbuja de la IA se pincha parcialmente —y todo indica que habrá ajuste—, no desaparecerá todo. Quedará un residuo. Un subproducto.
Y ese subproducto, con alta probabilidad, será el erotismo digital. No porque sea más noble. Sino porque es más directo, más humano y menos dependiente de promesas grandilocuentes.
El espejo que no gusta mirar
A la industria le gusta verse como motor de progreso, explica el informe de Wired. No como proveedor de fantasías. Pero el mercado no miente. La gente vota con su tiempo y con su tarjeta.
Hoy, ese voto dice algo claro: la IA no ha transformado el trabajo. Ha transformado la intimidad.
Y, de momento, es ahí donde realmente gana dinero.