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La inteligencia artificial avanza… pero Estados Unidos vuelve a encender centrales fósiles para alimentarla

El lado oculto del auge de la IA

La carrera por liderar la inteligencia artificial suele asociarse a chips avanzados, algoritmos complejos y grandes inversiones tecnológicas. Sin embargo, hay un factor mucho menos visible que se está convirtiendo en un cuello de botella crítico: la electricidad. Los centros de datos que entrenan y operan modelos de IA funcionan sin descanso y consumen cantidades masivas de energía. En Estados Unidos, esta demanda crece tan rápido que está forzando decisiones energéticas que parecían superadas.

Un problema de tiempo, no solo de energía

El desafío no es tanto la falta absoluta de electricidad, sino el desajuste entre la velocidad de la demanda y la capacidad de respuesta del sistema energético. Construir nuevas plantas solares, eólicas o nucleares requiere años de planificación, permisos y obras. En cambio, los centros de datos pueden levantarse en plazos mucho más cortos.

Ante esta asimetría temporal, las compañías eléctricas recurren a lo que ya existe y puede activarse de inmediato: centrales fósiles antiguas que estaban programadas para cerrar. Es una solución rápida, pero ambientalmente costosa.

PJM: el primer aviso serio

Este choque es especialmente visible en la región gestionada por PJM, el mayor mercado eléctrico de Estados Unidos. Abarca 13 estados y concentra una gran parte de los centros de datos del país. Allí, el consumo asociado a la IA está tensando una red diseñada para un patrón de demanda mucho más estable.

Las señales del mercado son claras: los precios pagados a las centrales para garantizar suministro en picos de demanda se han disparado más de un 800% en un solo año. Con estos incentivos, muchas plantas que iban a retirarse han cancelado o aplazado su cierre.

El regreso de las centrales “peaker”

Las centrales llamadas peaker están pensadas para funcionar solo en momentos puntuales de máxima demanda. Generan una pequeña fracción de la electricidad total, pero representan una enorme reserva de potencia instalada. El problema es que suelen ser antiguas y altamente contaminantes.

Un caso paradigmático es el de la central Fisk, en Chicago. Alimentada con petróleo y situada en un barrio obrero, estaba prevista para cerrar en breve. La nueva demanda eléctrica la ha devuelto a la actividad, para sorpresa —y preocupación— de sus vecinos.

El carbón también gana tiempo

El fenómeno no se limita al petróleo y al gas. Varias eléctricas están retrasando el cierre de centrales de carbón, incluso después de haber anunciado compromisos climáticos ambiciosos. Algunas justifican el cambio señalando que la demanda de los centros de datos podría multiplicarse en las próximas décadas.

El resultado es una paradoja difícil de ignorar: una tecnología que promete optimizarlo todo está aumentando, al menos a corto plazo, la dependencia de las fuentes más contaminantes.

Una contradicción que define la transición

La situación no implica que la transición energética esté fracasando, pero sí revela sus límites actuales. La inteligencia artificial avanza más rápido que la infraestructura limpia capaz de sostenerla. Mientras no se resuelva ese desfase, el progreso digital seguirá apoyándose en soluciones energéticas que creíamos enterradas.

La pregunta ya no es si la IA cambiará el mundo, sino qué precio energético estamos dispuestos a pagar para que lo haga.

Fuente: Xataka.

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