Traducción al español resumida del artículo original, publicado en The Conversation.
Los tecnólogos estadounidenses han estado diciéndoles a los educadores que adopten rápidamente sus nuevos inventos durante más de un siglo. En 1922, Thomas Edison declaró que en el futuro cercano todos los libros de texto serían reemplazados por películas porque el texto tenía una eficiencia del 2% en tanto que la película era 100% eficiente. Este tipo de estadísticas es un buen recordatorio de que puede haber tecnólogos brillantes que al mismo tiempo no son buenos reformadores de la educación.
Pienso en Edison cuando oigo que los tecnólogos insisten en que los educadores tienen que adoptar la inteligencia artificial lo más rápido posible para ponerse a tono con la transformación que inundará las escuelas y la sociedad.
En el MIT, me dedico al estudio de la historia y el futuro de la tecnología de la educación, y nunca encontré que hubiera un sistema escolar que adoptara rápidamente una nueva tecnología digital con beneficios durables para los estudiantes. Sucedió con los primeros distritos que alentaban a los estudiantes a llevar sus teléfonos celulares a la clase. No los prepararon mejor para el futuro que otras escuelas que fueron más cautelosas. Tampoco hay evidencia de que los primeros países en conectar las aulas a Internet se destacaran en crecimiento económico, logros educativos o bienestar ciudadano.
Es que las nuevas tecnologías solo serán tan potentes como lo sean las comunidades que guíen el uso que se les da.
Lleva años que los educadores desarrollen nuevas prácticas y normas, que los estudiantes adopten nuevas rutinas, que las familias identifiquen nuevos mecanismos de apoyo, para que un nuevo invento mejore el aprendizaje de manera confiable.
Ya nos equivocamos antes al sentirnos seguros y confiados
Empecé a enseñarles a los estudiantes secundarios de historia que utilizaran las búsquedas en Internet en 2003. En ese momento, los expertos en biblioteca y ciencia informática desarrollaron una pedagogía de evaluación web que animaba a los estudiantes a buscar sitios web con atención, buscando las marcas de la credibilidad: citas, formato adecuado, página de “sobre nosotros”. Brindábamos a los estudiantes elementos para evaluar cada sitio. Les enseñábamos a evitar Wikipedia, a confiar en sitios con dominios .org o .edu, en lugar de com. Todo nos parecía razonable, informado por la evidencia.
En 2019 se publicó el primer artículo revisado por expertos que demostraba los métodos efectivos para enseñar. Y mostraba que los novatos que utilizaron esas técnicas de uso común en la enseñanza tenían muy malos resultados en las pruebas que evaluaban su capacidad para separar la verdad de la ficción en Internet. Además, mostraba que los expertos en información en Internet hacían algo diferente: dejaban la página para ver cómo la calificaban otras fuentes, un método llamado lectura lateral que brindaba búsquedas más rápidas y precisas.
Fue un golpe para los maestros más antiguos, como yo. Habíamos pasado veinte años enseñándoles a millones de estudiantes las formas menos efectivas de búsqueda en Internet.
Hoy hay consultores y líderes “del pensamiento” que supuestamente capacitan a los educadores para el uso de la IA en las escuelas. Hay publicaciones nacionales e internacionales que afirman saber qué necesitan los estudiantes para su futuro. Los tecnólogos inventan apps que animan a los maestros y estudiantes a usar la IA generativa como tutor, planificador de lecciones, editor de escritura o interlocutor. Y en este caso, la evidencia de respaldo es la misma que había para las pruebas que se habían inventado y enseñado en su momento.
Lo mejor es poner a prueba, rigurosamente, las nuevas prácticas y estrategias y solo elegir las que tienen probada efectividad. Y al igual que con el uso de Internet, esa evidencia llegará dentro de una década, o más.
Sin embargo, hay una diferencia. Digo que la IA es “tecnología sin invitación”. No se invita a la IA a ingresar a las escuelas mediante un proceso de adopción. Porque llega sin que la invites, y empieza a cambiar de lugar el mobiliario, con lo cual las escuelas tienen que hacer algo al respecto. Y los maestros necesitan apoyo. En los últimos dos años, en cada entrevista, casi 100 educadores de EE.UU. nos han dicho: “No nos dejen solos”.
Tres estrategias para ser prudentes
Lo primero es que tenemos que recordarles a estudiantes y maestros que lo que se ponga a prueba en las escuelas es eso: una prueba. Dentro de cuatro años tal vez se les diga a los estudiantes que se demostró que lo que les enseñamos sobre el uso de la IA estaba mal. Tenemos que estar dispuestos a corregir lo que pensamos.
En segundo lugar, las escuelas tienen que analizar a los estudiantes y su currículo y decidir qué clase de experimentos quieren realizar con la IA. A veces podrá ser algo más osado o divertido. Y en ocasiones habrá que ser más cautelosos.
Eric Timmons, a quien entrevistamos en nuestro podcast “The Homework Machine”, enseña cinematografía y no se preocupa porque sus estudiantes usen la IA porque dice: “A ellos les encanta hacer películas, de modo que ¿por qué reemplazarían su pasión por la IA?”. Si comparamos esto con la escuela secundaria y asignaturas como “Escritura”, lo más probable es que en este caso haya que ser más cauteloso.
Lo tercero es que cuando los maestros emprenden algo nuevo y lo ponen a prueba, tienen que reconocer que su evaluación local será mucho más rápida que la global. Por lo tanto, si se permite que los estudiantes utilicen herramientas de IA al estudiar ciencias, lo mejor será ir hacia atrás y revisar el desempeño en el laboratorio en 2022 y compararlo con el presente. Se debe evaluar si hay mejoras o no.
Para 2035 todos sabremos mucho más sobre la IA en las escuelas. Tal vez encontremos que es como Internet, un lugar con algunos riesgos pero lleno de recursos importantes y útiles, que seguiremos usando en las escuelas. O quizá sea como sucedió con los teléfonos celulares, con sus efectos negativos en el bienestar y el aprendizaje, que anulan los potenciales beneficios y que hay que restringir.
En materia de educación, todos sentimos urgencia por resolver la incertidumbre en torno a la IA generativa. Pero no tenemos que correr para ser los primeros en generar respuestas. Más bien, se trata de que recorramos el camino dando los pasos que hay que dar.
Justin Reich, Profesor de Medios Digitales, Massachusetts Institute of Technology (MIT)
Artículo republicado desde The Conversation bajo licencia Creative Commons. Está disponible el artículo original aquí.
Este artículo ha sido traducido de Gizmodo US por Romina Fabbretti. Aquí podrás encontrar la versión original.