El placer de escuchar

Netflix mató al cine como evento. Spotify mató al disco y la música supo reinventarse

Pagamos cientos de euros por un concierto multitudinario, viajamos kilómetros para vivir una experiencia compartida y única, pero dudamos antes de gastar quince euros en una entrada de cine. La paradoja es evidente: consumimos más cine que nunca, pero hemos abandonado los lugares donde históricamente lo disfrutábamos. A diferencia de la industria musical, que supo pivotar cuando Spotify vació el valor del formato grabado, el cine se ha quedado atrapado en una crisis más profunda: la pérdida de sentido de su espacio físico.

Ver más cine que nunca… pero lejos de las salas

Las cifras confirman el diagnóstico. El verano de 2025 fue el peor desde 1981 en taquilla ajustada por inflación. En octubre de ese año, Estados Unidos recaudó apenas 445 millones de dólares, menos de la mitad que en el último octubre prepandemia. El espectador medio acudió al cine 2,31 veces en 2024, frente a las 3,5 visitas anuales de 2019.

España dibuja un panorama similar: en cinco años se perdió un tercio del público. De 105 millones de espectadores en 2019 se pasó a 71 millones en 2025. No es una caída coyuntural, es una erosión estructural.

El colapso de las ventanas de exhibición

Uno de los factores clave es la desaparición del tiempo de exclusividad. Antes de la pandemia, una película podía permanecer entre tres y cuatro meses en salas antes de llegar al hogar. Hoy, ese margen se ha reducido a 45 días en muchos casos, e incluso a apenas 17 días para algunos estrenos.

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© FreePik

El mensaje implícito para el espectador es claro: no hay urgencia. Si la película estará en streaming en poco más de un mes, el incentivo para desplazarse a una sala desaparece. El cine dejó de ser un acontecimiento para convertirse en un contenido diferido.

Una experiencia que se degrada

La pérdida de valor no es solo temporal, también experiencial. En muchos mercados, incluidos Estados Unidos, China y Europa, la calidad de la experiencia en sala se ha deteriorado: menos personal, climatización deficiente, precios altos y una estandarización que no aporta nada frente al sofá de casa.

China, que durante años fue el salvavidas de Hollywood, sufrió en 2024 una caída del 23% en taquilla y una pérdida de más de 200 millones de espectadores respecto a una década atrás. El problema no es cultural ni puntual: es la incapacidad de justificar el desplazamiento físico.

La música entendió algo que el cine no

Cuando Spotify eliminó el valor del disco, la industria musical reaccionó rápido. El producto grabado pasó a ser promoción; el negocio se desplazó al directo. El concierto no es replicable en casa, no es idéntico cada noche y genera pertenencia.

El Eras Tour de Taylor Swift lo simboliza mejor que ningún otro fenómeno: más de 2.000 millones de dólares en ingresos y un gasto medio por asistente superior a los 1.300 dólares. No se vendió música, se vendió experiencia, identidad y evento irrepetible.

Funflation y economía de la experiencia

En un contexto de inflación, los consumidores priorizan gastar en recuerdos. Festivales y conciertos capitalizan esa lógica porque ofrecen algo que el streaming no puede copiar. El cine, en cambio, ofrece exactamente la misma película en una sala que en un salón, con la única diferencia de la pantalla.

Netflix mató al cine como evento. Spotify mató al disco y la música supo reinventarse
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El resultado es una competencia perdida de antemano: el cine compite contra su propia versión doméstica, mientras la música en vivo juega en una liga distinta.

La verdadera crisis: el sentido del espacio

La crisis del cine no es de contenido, sino de espacio. No faltan películas ni talento. Falta una razón clara para salir de casa. Las experiencias “premium” han intentado cubrir ese vacío, pero siguen siendo insuficientes porque no transforman el acto de ir al cine en algo verdaderamente singular.

La música lo entendió: el valor ya no está en lo que se consume, sino en dónde, con quién y cómo se vive. El cine todavía busca su equivalente a Taylor Swift, una fórmula que convierta la sala en destino y no en trámite.

Reinventarse o desaparecer como ritual

El espacio físico del entretenimiento no está muriendo, está cambiando de función. El cine puede sobrevivir, pero no como simple proyección de contenido que llegará pronto a casa. Necesita redefinir su papel como experiencia colectiva, escasa y significativa.

Hasta que eso ocurra, seguiremos viendo más películas que nunca… pero cada vez más lejos del cine.

Fuente: Xataka.

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