
Mo Gawdat, exdirector comercial de la famosa “moonshot factory” de Google, ha encendido todas las alarmas con una predicción que mezcla experiencia interna y tintes de advertencia apocalíptica. Según él, a partir de 2027 la humanidad podría enfrentarse a una era oscura, no por culpa de máquinas conscientes, sino por el uso que nosotros mismos haremos de ellas.
Una cuenta atrás hacia un escenario inédito
Gawdat, quien tuvo acceso a proyectos de inteligencia artificial en fases muy tempranas y a información reservada, asegura que dentro de poco viviremos una “disrupción mayor” en valores fundamentales como la libertad, la conexión humana, la responsabilidad, la realidad y el poder.
En su paso por el pódcast Diary of a CEO, dejó claro que no se trata de una amenaza surgida de un capricho tecnológico autónomo. La IA, dijo, “no tiene nada de malo”, pero servirá como amplificador de “nuestras estupideces como humanos”.
Lo que inquieta es su precisión: fija 2027 como el inicio de un periodo de 12 a 15 años en el que la IA podría ser utilizada para fines dañinos, desde reforzar la vigilancia masiva hasta generar deepfakes sexuales, pasando por despidos masivos automatizados o estafas perfeccionadas.
El problema no está en la máquina, sino en quien la empuña
Gawdat recurre a una imagen clara: regular la IA en sí sería como intentar diseñar un martillo incapaz de matar, cuando lo que se debe criminalizar es su uso para el homicidio.
Para él, las leyes deben centrarse en los usos concretos, no en frenar la innovación tecnológica. La vigilancia, las aplicaciones militares o la manipulación informativa son ejemplos donde la línea ética y legal debería reforzarse.
Aún así, incluso él reconoce que muchos de estos peligros ya están contemplados en leyes vigentes, sobre todo en Europa, lo que deja entrever un problema mayor: en ocasiones, es el propio Estado el que impulsa prácticas cuestionables con la IA.
Una advertencia que no deberíamos ignorar
La historia está llena de voces que, tras dejar puestos clave en grandes corporaciones, se convierten en críticos de aquello que ayudaron a construir. En este caso, el mensaje no proviene de un observador externo, sino de alguien que estuvo en el núcleo de una de las compañías líderes en IA generativa.
Si Gawdat tiene razón, dentro de apenas dos años estaremos en el umbral de una etapa decisiva que pondrá a prueba no solo la capacidad de las máquinas, sino nuestra propia ética colectiva. El tiempo para prepararse —y legislar con inteligencia— parece estar corriendo más rápido de lo que creemos.