El breakbeat no es solo un género, es memoria colectiva. Desde el Bronx hasta Andalucía, este ritmo fragmentado encontró en el sur un hogar y en Raveart una forma de resistencia cultural que sigue latiendo décadas después.
Hay ritmos que no se miden en BPM, sino en recuerdos. El breakbeat es uno de ellos: un pulso fragmentado que nació en el Bronx en los setenta, cuando DJ Kool Herc entendió que la gente bailaba los breaks, no las canciones completas. Esa idea cruzó el Atlántico, explotó en Reino Unido y dio forma a una cultura rave que mezcló acid house, techno, hip hop, jungle y drum and bass. Música pensada para el cuerpo, para la noche y para una forma distinta de entender la pista de baile.


Cuando el breakbeat llegó a España, encontró en Andalucía un terreno fértil. La Costa del Sol, la cercanía con Reino Unido y una juventud hambrienta de algo nuevo hicieron que Sevilla, Cádiz, Huelva o Málaga se convirtieran en núcleos clave. Lo que empezó en salas terminó en naves, cortijos y descampados. La rave no era solo una fiesta: era identidad, comunidad y resistencia. Un ritmo roto que el cuerpo andaluz entendió sin manual, igual que entiende el flamenco.


En ese contexto nació Raveart, a finales de los noventa, impulsado por tres apasionados de la electrónica que apostaron por el breakbeat, el old school y el drum and bass cuando aún no eran tendencia. Su presentación oficial en 2002 coincidió con uno de los momentos más duros para la escena andaluza, marcada por la presión mediática e institucional tras la tragedia de Evassion. Raveart nació en el peor momento posible y, aun así, decidió seguir. Con festivales como San Roque 2004, Trebujena 2006 o La Cartuja 2008 —el mayor evento 100 % breakbeat del mundo— consolidó una escena que muchos daban por muerta.


Ni la crisis económica, ni las cancelaciones, ni los años de silencio lograron borrar esa convicción. Raveart resistió sin traicionar su identidad y acabó renaciendo, uniendo generaciones en pistas compartidas. Hoy congrega a decenas de miles de personas al año, pero su esencia sigue siendo la misma: comunidad, memoria y ritmo roto. Porque el breakbeat no es solo un género. Es una forma de latir. Y mientras alguien esté dispuesto a romper el ritmo para volver a encontrarlo, la historia continuará.

