El placer de escuchar

Si algún día vivimos en la Luna no será en cúpulas futuristas. Lo más probable es que acabemos bajo tierra y Corea del Sur ya está diseñando cómo entrar

La superficie de la Luna es un lugar hostil. No hay atmósfera que amortigüe, no hay campo magnético que proteja y no hay temperaturas estables. De día, el suelo puede superar los 120 grados. De noche, caer por debajo de los -170. En ese escenario, hablar de colonias en domos transparentes suena más a ciencia ficción que a ingeniería. La opción realista está en otro lado: bajo tierra.

Las cuevas lunares, en su mayoría tubos de lava formados por antiguas erupciones volcánicas, se han convertido en la gran apuesta silenciosa de las agencias espaciales. Y ahora, también, de Corea del Sur.

Por qué las cuevas son el único lugar habitable de la Luna

Si algún día vivimos en la Luna no será en cúpulas futuristas. Lo más probable es que acabemos bajo tierra y Corea del Sur ya está diseñando cómo entrar
© KAIST.

En la superficie lunar confluyen todos los problemas a la vez: radiación cósmica directa, micrometeoritos, cambios de temperatura brutales y un polvo abrasivo que se mete en cualquier mecanismo. Vivir ahí arriba implica construir estructuras blindadas, enterrarlas parcialmente y asumir un coste energético enorme solo para sobrevivir.

Las cuevas cambian completamente este escenario. Dentro de estos tubos de lava, la temperatura se mantiene sorprendentemente estable, alrededor de los 17 grados. La roca actúa como escudo frente a la radiación y como barrera térmica. No es comodidad, pero es estabilidad. Y en el espacio, eso lo es todo.

Por eso, cada vez que se habla en serio de asentamientos lunares, la conversación acaba siempre en el mismo sitio: no en la superficie, sino debajo.

El problema obvio: nadie ha entrado en ellas

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Sabemos que existen gracias a imágenes orbitales. Sabemos que algunas son enormes. Pero no las hemos explorado. No hay mapas detallados, no hay mediciones internas, no hay datos reales sobre su estabilidad estructural o su extensión.

En el año 2024, la NASA confirmó la existencia de un tubo de lava gigantesco en el cráter Mare Tranquillitatis, muy cerca de donde aterrizó el Apolo 11. Las estimaciones hablan de unos 45 metros de ancho y hasta 80 metros de longitud, con un suelo relativamente plano. En términos lunares, es un regalo. En términos prácticos, sigue siendo un agujero oscuro al que nadie ha bajado. Antes de pensar en bases, hay que poder entrar. Y ahí es donde entra Corea del Sur.

El rover que no parece un rover y está pensado para caer sin romperse

Un equipo de científicos e ingenieros surcoreanos acaba de presentar en Science Robotics un rover diseñado específicamente para explorar cuevas lunares. No es un vehículo elegante ni estilizado. Es funcional, casi tosco. Y eso es exactamente lo que necesita ser.

La clave está en las ruedas. No son rígidas. No tienen radios ni llantas clásicas. Están hechas de láminas metálicas ensambladas en forma de hélice, capaces de expandirse y contraerse. Pueden pasar de 23 a 50 centímetros de diámetro simplemente torsionándose, como un muelle. Ese diseño les permite tres cosas críticas: entrar por huecos estrechos, absorber impactos y superar obstáculos irregulares. En las pruebas, el rover soporta caídas, se adapta al terreno y mantiene la tracción en superficies que harían volcar a cualquier vehículo convencional.

En uno de los vídeos de demostración, el rover es literalmente lanzado desde un dron y sigue funcionando. No es un truco. Es una necesidad. Porque en la Luna, para entrar en una cueva, probablemente haya que dejarse caer.

Un diseño simple para un entorno brutal

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© Science Robotics.

No hay bisagras complejas. NI tampoco hay piezas delicadas. No hay mecanismos finos que puedan atascarse con polvo. Las ruedas se pliegan y despliegan por torsión. Menos piezas, menos puntos de fallo. Es una filosofía de diseño muy poco glamur, pero extremadamente espacial.

El objetivo no es recorrer kilómetros de superficie. Es descender, adaptarse, avanzar en espacios estrechos, sortear rocas, sobrevivir a impactos y enviar datos. Todo lo demás es secundario. Este rover no está pensado para lucirse. Está pensado para no morir.

La conexión directa con el plan de vivir en la Luna

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© Science Robotics.

Nada de esto es  para nada casual. Corea del Sur tiene un programa lunar activo y colabora con iniciativas internacionales. Y, sobre todo, está mirando a largo plazo. Si el objetivo es establecer presencia humana, hay que resolver primero dónde y cómo.

El programa Artemis de la NASA apunta precisamente a eso. No solo volver a pisar la Luna, sino quedarse. Artemis II está previsto para 2026, Artemis III será la primera misión tripulada en regresar a la superficie. A partir de ahí, la conversación ya no es “volver”, sino “permanecer”.

Y para permanecer, la superficie no sirve.

Vivir como trogloditas espaciales no es un retroceso, es supervivencia

La imagen de colonias brillantes bajo cúpulas es bastante atractiva. También es irreal. La Luna no perdona. No hay margen para errores de diseño románticos. Si queremos vivir allí, será como los primeros humanos: refugiados en cuevas, protegidos por la roca, aislados del exterior. La diferencia es que estas cuevas están a 384.000 kilómetros de casa y cualquier fallo se paga caro.

Por eso, que un país esté diseñando robots específicos para entrar en ellas no es una anécdota tecnológica. Es una señal. La colonización lunar ya no se está pensando en abstracto. Se está pensando en términos de acceso, supervivencia y logística real. Primero entra el rover. Luego, los humanos. Y lo más probable es que, cuando eso ocurra, la primera casa en la Luna no tenga ventanas. Tendrá techo de roca.

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