El placer de escuchar

Ucrania ha dicho la palabra que todos temían: Tomahawk. Y ahora Estados Unidos debe decidir si cruza la última línea roja de Rusia

Desde el inicio de la invasión en el año 2022, Ucrania ha reclamado armamento de mayor alcance para alterar el curso de la guerra. Primero fueron los HIMARS, después los ATACMS, y más tarde los reclamos de los Taurus alemanes. Pero hay un nombre que siempre estuvo vetado, una palabra que equivalía a pronunciar un tabú: Tomahawk.

El presidente de Ucrania, Zelenski la ha invocado públicamente, pidiendo a Estados Unidos la entrega de estos misiles de crucero capaces de alcanzar entre 1.500 y 2.500 kilómetros. Es decir: no solo Crimea o los depósitos logísticos rusos, sino Moscú, San Petersburgo y el corazón político y militar del Kremlin.

La reacción inmediata de Rusia

Ucrania ha invocado el arma que Rusia vetó desde el inicio de la guerra. Y si llega a sus manos, Moscú sabrá que ninguna ciudad es intocable
© Raytheon.

El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, reconoció que Moscú está realizando un “análisis en profundidad” de lo que implicaría ver Tomahawks en suelo ucraniano. La preocupación no sólo se limita al alcance técnico del arma, sino a un detalle decisivo: quién tendría el control de su lanzamiento.

Si fueran los ucranianos, la amenaza ya sería mayúscula. Pero si hubiera personal estadounidense implicado en la selección de objetivos, Rusia lo interpretaría como un paso directo hacia un enfrentamiento entre potencias. De ahí la advertencia velada: las bases en Europa podrían convertirse en blancos legítimos si desde ellas se facilita un ataque contra su territorio.

ATACMS, Taurus y Tomahawk: la escalera de la escalada

El debate es tan técnico como político.

  • ATACMS: misiles balísticos tácticos de hasta 300 km de alcance, útiles para depósitos y aeródromos tras el frente inmediato.
  • Taurus: misiles de crucero con 500 km de alcance, diseñados para destruir búnkeres y objetivos fuertemente protegidos.
  • Tomahawk: hasta 2.500 km, con capacidad para golpear el corazón mismo de Rusia.

Cada salto en alcance supone un nuevo nivel de riesgo. Mientras los ATACMS se conciben como un arma de desgaste, los Taurus ya rozan la capacidad de negación operativa. Los Tomahawk, en cambio, se adentran en el terreno de la disuasión estratégica.

Washington ya no habla el mismo idioma

Ucrania ha invocado el arma que Rusia vetó desde el inicio de la guerra. Y si llega a sus manos, Moscú sabrá que ninguna ciudad es intocable
© Wikimedia.

Durante la administración de Joe Biden, el miedo a una escalada nuclear era el límite. Se permitió el uso de ATACMS, pero con la condición de que no golpearan en suelo ruso. Bajo Trump, el tono ha cambiado: ahora se habla abiertamente de que Ucrania debe ganar la guerra, y voces como la de Keith Kellogg repiten que “no existen santuarios”.

En la práctica, esto significa que Washington ya no descarta entregar armas que antes estaban fuera de discusión. Y si Estados Unidos lo hace, la presión sobre Europa para liberar sus propios misiles de largo alcance —como los Taurus alemanes— será inmediata.

Entre la disuasión y el abismo

Para Kiev, los Tomahawk serían un salto cualitativo: golpear depósitos estratégicos, centros de mando y bases militares en el interior de Rusia, debilitando su capacidad logística. Para Moscú, equivalen a una línea roja difusa que justificaría represalias directas contra quienes los suministren o los operen.

El dilema es totalmente brutal: ¿Dar a Ucrania la capacidad de disuasión que necesita para equilibrar la guerra, o evitar una escalada que podría arrastrar a la OTAN a un choque directo con Moscú?

Por eso, cuando Kiev invoca el nombre prohibido, no está pidiendo solo un misil. Está lanzando un órdago: forzar a Occidente a decidir cuánto riesgo está dispuesto a asumir en la defensa de su causa.

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