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Un cable submarino entre China y Chile desató una tormenta diplomática con Estados Unidos. Lo que parece una obra de infraestructura es en realidad un pulso geopolítico por el control de Internet

Los cables submarinos rara vez aparecen en las portadas. Están ahí, en el fondo del océano, cargando buena parte del tráfico global de datos, y solemos acordarnos de ellos solo cuando se rompen. Pero un proyecto aún no aprobado en Chile acaba de convertir uno de esos cables en el epicentro de una tormenta diplomática entre Washington, Santiago y Beijing. La reacción de Estados Unidos, con sanciones directas a funcionarios chilenos, muestra que la infraestructura digital se ha convertido en un frente más de la rivalidad entre superpotencias.

Un cable que todavía no existe, pero ya genera consecuencias reales

El llamado proyecto Chile–China Express plantea la posibilidad de conectar la costa chilena con Hong Kong mediante un cable submarino de fibra óptica. En términos técnicos, se trata de ampliar la conectividad internacional de Chile y diversificar rutas de datos que hoy pasan mayoritariamente por nodos bajo influencia estadounidense. En términos políticos, la iniciativa toca una fibra sensible: quién controla las autopistas por donde circula la información del siglo XXI.

Lo llamativo es que el proyecto ni siquiera ha sido aprobado. Está en fase de evaluación, con estudios preliminares y sin una decisión tomada. Aun así, la respuesta desde Washington fue inmediata y dura: revocación de visas a funcionarios clave del Gobierno chileno y un mensaje explícito sobre los riesgos para la “seguridad regional” que implicaría avanzar en una infraestructura de este tipo.

La nueva guerra fría se juega bajo el mar

Un cable submarino entre China y Chile desató una tormenta diplomática con Estados Unidos. Lo que parece una obra de infraestructura es en realidad un pulso geopolítico por el control de Internet
© Pixabay.

Los cables submarinos no son solo tubos de vidrio en el fondo del océano. Transportan más del 95 % del tráfico internacional de Internet. Quien controla sus rutas, sus puntos de amarre y sus consorcios de operación tiene una ventaja estratégica en términos de vigilancia, resiliencia de redes y capacidad de influencia. En un mundo donde la información es poder, la infraestructura que la mueve es un activo geopolítico de primer orden.

Estados Unidos lleva años advirtiendo sobre los riesgos de depender de tecnologías chinas en sectores considerados “críticos”, desde redes 5G hasta centros de datos. Un cable directo entre China y América del Sur entra en esa misma lógica: no es solo una obra de conectividad, sino un vector potencial de influencia en una región que Washington considera parte de su esfera estratégica.

Chile, atrapado en medio de dos gigantes

Para Chile, el dilema no es abstracto. China es uno de sus principales socios comerciales, y Estados Unidos sigue siendo un actor clave en términos políticos, financieros y de seguridad. Moverse en este tablero implica costos en cualquier dirección. Alinear decisiones tecnológicas con Beijing puede provocar represalias desde Washington; priorizar la relación con Estados Unidos puede tensar vínculos económicos con China.

La reacción del Gobierno chileno, defendiendo su soberanía frente a presiones externas, expone el margen estrecho de maniobra de los países medianos en la actual competencia entre potencias. No se trata solo de elegir un proveedor de infraestructura, sino de definir hasta qué punto un Estado puede tomar decisiones técnicas sin que estas sean leídas como alineamientos geopolíticos.

Infraestructura digital como arma diplomática

Un cable submarino entre China y Chile desató una tormenta diplomática con Estados Unidos. Lo que parece una obra de infraestructura es en realidad un pulso geopolítico por el control de Internet
© Getty Images / ANDER GILLENEA/AFP.

Lo que ocurrió con este proyecto deja una señal clara: las sanciones ya no se aplican únicamente por conflictos militares, violaciones de derechos humanos o crisis políticas abiertas. Ahora también entran en juego decisiones sobre cables, redes y conectividad. La infraestructura digital se convierte así en un instrumento de presión diplomática, capaz de generar consecuencias personales para quienes participan en su evaluación o promoción.

Este tipo de reacciones sienta un precedente incómodo para otros países de América Latina que buscan diversificar su conectividad y reducir dependencias históricas. El mensaje implícito es que no todas las rutas de datos son políticamente neutrales.

Un tablero que se extiende más allá de la economía

El trasfondo del conflicto no es solo comercial. La rivalidad entre Estados Unidos y China abarca tecnología, inteligencia artificial, innovación y control de flujos de información. En ese contexto, un cable submarino no es un simple proyecto de telecomunicaciones: es una pieza más en una arquitectura global de poder digital.

Para la región, esto implica un nuevo tipo de desafío. No se trata solo de negociar tratados de libre comercio o inversiones en infraestructura física, sino de definir cómo se inserta América Latina en un ecosistema tecnológico cada vez más fragmentado entre bloques de influencia.

Cuando Internet deja de ser neutral

Un cable submarino entre China y Chile desató una tormenta diplomática con Estados Unidos. Lo que parece una obra de infraestructura es en realidad un pulso geopolítico por el control de Internet
© Sybille Reuter/Alamy.

La historia del cable entre China y Chile deja al descubierto una realidad incómoda: Internet, tal como la usamos a diario, ya no es una red neutral desde el punto de vista geopolítico. Sus rutas, nodos y cables están atravesados por intereses estratégicos que exceden lo puramente técnico.

Que un proyecto aún en evaluación genere sanciones diplomáticas es una señal de época. La competencia entre potencias ya no se juega solo en bases militares o acuerdos comerciales, sino también en el silencioso fondo del océano, donde discurren los cables que sostienen la vida digital del planeta.

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