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Un escritor quiso poner a prueba a la IA… y terminó abriendo un frente legal histórico. George R.R. Martin lleva a los tribunales a ChatGPT por una secuela que nunca escribió

La batalla entre creadores literarios y las tecnológicas acaba de subir de nivel. El juez Sidney Stein, del Tribunal Federal del Distrito Sur de Nueva York, dictaminó que la demanda colectiva presentada por George R.R. Martin, Michael Chabon, Ta-Nehisi Coates y otros autores contra OpenAI y Microsoft puede continuar su curso judicial.

El caso gira en torno a una secuencia inquietante: una supuesta “secuela” de A Clash of Kings —inventada por ChatGPT bajo el título A Dance with Shadows— que reproduce elementos reconocibles del universo de Canción de hielo y fuego.

El tribunal no ha declarado culpabilidad ni infracción, pero ha considerado que los autores presentaron ejemplos suficientemente concretos como para justificar una evaluación más profunda. En palabras del propio juez, un jurado “podría concluir” que los textos generados son sustancialmente similares a las obras originales.

Una saga judicial con varios frentes abiertos

George R.R. Martin contra la inteligencia artificial. Un juez de Nueva York permite que su demanda contra OpenAI avance y el caso podría sentar un precedente mundial.
© Getty Images / Rich Polk.

El litigio no es nada nuevo, pero el fallo cambia su curso. Desde septiembre de 2023, un grupo de escritores alega que sus obras fueron usadas sin autorización para entrenar modelos de lenguaje, y que ChatGPT puede producir fragmentos o argumentos que “imitan de forma protegible” sus creaciones.

La defensa de OpenAI sostiene que el proceso de entrenamiento constituye uso justo (fair use) por su carácter transformador, una doctrina central en el derecho estadounidense de propiedad intelectual.

Sin embargo, Stein decidió posponer ese análisis para fases posteriores, limitándose por ahora a determinar si los reclamos son plausibles. Y lo son: habrá descubrimiento de pruebas, revisión de datasets y test de similitud pericial.

De San Francisco a Nueva York: dos visiones del mismo dilema

El precedente más citado es el del juez William Alsup en el caso de Authors Guild vs. Anthropic. En aquel proceso, Alsup separó el entrenamiento de modelos —que calificó como potencialmente transformador— de la obtención ilícita de copias digitales, que no quedó amparada por el fair use. El caso terminó con un acuerdo histórico de 1.500 millones de dólares entre la empresa y los titulares de derechos.

La diferencia es que, en Nueva York, el foco no está aún en los datos, sino en los resultados. El juez Stein pone el énfasis en los outputs: si un modelo puede generar contenido tan parecido que “un lector razonable” lo confunda con una obra protegida, el debate deja de ser técnico y pasa a ser jurídico.

La secuela que nunca existió (hasta que la escribió una máquina)

El ejemplo que fue citado en la resolución no es menor: un texto que describe una historia ambientada tras A Clash of Kings, con “magia ancestral de dragones”, “una descendiente de la casa Targaryen llamada Lady Elara” y “una secta disidente de los Niños del Bosque”.

Aunque inventado, el fragmento se ajusta a patrones narrativos y temáticos reconocibles del universo de Martin, algo que bastó para mantener viva la causa.

Para los abogados de los autores, el caso es claro: “No se trata de inspiración, sino de reproducción sistemática”. Para OpenAI, en cambio, el razonamiento es más amplio: ningún modelo “recuerda” obras específicas, sino que aprende patrones estadísticos de lenguaje, del mismo modo que un lector que ha leído miles de libros podría escribir algo con influencias inevitables.

Lo que está en juego: la frontera del uso justo

George R.R. Martin contra la inteligencia artificial. Un juez de Nueva York permite que su demanda contra OpenAI avance y el caso podría sentar un precedente mundial.
© George RR Martin.

Muy en el fondo, lo que se discute es una cuestión de escala. ¿Puede entrenarse una IA con millones de obras protegidas sin autorización, si el resultado es una herramienta que genera lenguaje nuevo? ¿O ese proceso, por masivo y automatizado que sea, reproduce fragmentos reconocibles que deben ser compensados?

La respuesta podría definir cómo se regula toda la industria de la inteligencia artificial. El caso Martin contra OpenAI podría ser el primero en llegar a juicio con ejemplos narrativos concretos, algo que los abogados comparan con “el momento Napster de la IA generativa”: un punto de inflexión entre innovación y propiedad.

Una guerra de autoría que apenas comienza

Más allá de la ironía —que el creador de Juego de tronos inicie una nueva guerra por derechos—, el trasfondo es profundo: la autoría como concepto humano está en revisión. ¿Puede un modelo de lenguaje ser culpable de plagio si no tiene intención? ¿O la responsabilidad recae en quien lo entrena y comercializa?

El tribunal de Stein no ha decidido nada todavía, pero sí ha abierto la puerta a que el caso avance a las siguientes fases, con peritajes técnicos y análisis de similitud sustancial. Y en ese paso, más que un simple capítulo judicial, podría escribirse el nuevo prólogo del derecho de autor en la era de la inteligencia artificial.

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